El bosque ardió entre nosotros
Texto: Joseph Zarate
Fotos: Manuel Seoane
Es primero de octubre de 2022 y en el Estado Plurinacional se celebra el Día del Árbol. Pero esta brigada de bomberos voluntarios no tiene ganas de festejar. Llevan 23 días con sus noches atrincherados en sus tiendas de campaña, intentando salvar lo que queda de un bosque maderable e impedir que las llamas toquen las casas de Santa Mónica, una comunidad indígena de unas 35 familias, en la provincia de Concepción, al norte del Bosque Seco Chiquitano.
Mientras que en localidades vecinas al menos caen chubascos, los vecinos de aquí juran que hace tres meses no cae una sola gota del cielo. Y ahora, que el sol se pone rojo por las nubes de humo que nos rodean, el comandante Fabio Poma, bombero forestal del Gobierno Departamental de Santa Cruz, revisa un mapa satelital en su teléfono. En el gráfico verde, que se actualiza cada tanto con nuevos datos meteorológicos, se ven puntos naranjas («focos de quema») que rodean Santa Mónica, como una serpiente de fuego que acorrala a su presa.
—Hay que matarla de una vez —advierte Poma, cruceño robusto de 34 años, ojos chinos y corte de pelo militar—. Ahoritinga nomás, si no el viento Norte nos va a joder.
«Camba de nacimiento, pero colla de sangre» (su madre es de Cochabamba y su padre, de Oruro), el comandante Poma lleva una década apagando incendios en la región, y sabe que solo de noche, cuando la temperatura baja, se puede contraatacar. Son múltiples frentes los que deben abrir y, como cuenta con pocos bomberos profesionales, ha organizado guardias con relevos cada 12 horas. En estas también participan los adultos de la comunidad.
Poma no bolea ni fuma cuando está de servicio, «la norma me prohíbe consumir cualquier sustancia», debe cuidar de sus hombres. Por eso ahora, en plena noche cerrada, vamos en la camioneta del pueblo hacia la intersección de dos trochas, donde un grupo de comunarios lleva horas tratando de liquidar el fuego con unos tanques portátiles que llevan en la espalda. Otros emplean motosierras para cortar leños prendidos y enterrar las brasas que han penetrado las raíces de los árboles.
A diferencia de los bomberos forestales de compañías más establecidas como las de Direna (Dirección de Recursos Naturales de Santa Cruz), las de Funsar (Fundación de Búsqueda y Rescate) o las de Guardián (con sus uniformes, botas y mochilas certificadas) que atienden esta emergencia, los voluntarios indígenas combaten el fuego sin trajes inflamables ni respiradores faciales o algún otro artefacto básico que los proteja.
—Así nomás venimos con nuestros zapatos y ropa de casa —me había dicho Alberto Paine, 45 años, albañil, vecino de Santa Mónica, que ha llegado con su sobrina adolescente para avanzar más rápido en la liquidación del fuego.
Pese a la oscuridad y la espesa humareda, Paine y sus vecinos pueden cumplir sus labores gracias a las pequeñas linternas que llevan en la frente. Recién cerca de la medianoche, deciden sentarse sobre unos troncos caídos a vigilar las llamas. En sus rostros sucios de ceniza, resaltan miradas de hartazgo acumulado, que ni la coca ni la buena nueva del comandante Poma consiguen disipar: según el reporte meteorológico, una lluvia caerá, por fin, en unos tres días.
Nadie parece entusiasmarse. Saben que mañana, cuando el sol aplaste las cabezas y el viento Norte sople con fuerza, el fuego que acaban de extinguir se levantará otra vez. Más allá o más acá, da lo mismo. No habrá más remedio que empezar todo el trabajo de nuevo.
El viento Sur sopló esta mañana y ha traído un chubasco. Las llamas parecen haberse replegado, y todo empieza a verse más tranquilo, excepto por la aparición del jaguar.
Los voluntarios ya me habían hablado del felino la noche anterior. En medio de la trocha que vigilaban, juran haber sentido las pisadas del animal. Poma ha decidido por eso suspender las operaciones en ese sector hasta que atrapen al felino. Esta tarde los de rescate de animales irán con sus jaulas.
El Observatorio ha estimado que, en 2019, el año del fuego, unos 5.9 millones de mamíferos (unas 48 especies diferentes, como osos bandera, chanchos de monte, felinos pequeños) murieron directamente por los incendios. La mayoría vivían en áreas protegidas y con números por especie que varían entre cuatro individuos de jaguar hasta 3.6 millones de roedores. Hablamos de animales que, ante el peligro de las llamas, se meten en sus madrigueras o se esconden enterrándose bajo la hojarasca del bosque, que en ocasiones puede sobrevivir al fuego. Algunos no lo consiguen. Es frecuente encontrar cucarachas carbonizadas y otros insectos en la superficie quemada. Unos pocos anfibios y reptiles, especialmente serpientes y lagartos, a menudo son causa de preocupación: no solo porque pueden morir a causa del fuego, sino también de la destrucción, aunque sea temporal, de su hábitat y su sustento. Incluso cuando logran huir, habrán muerto tiempo después por inanición, sed, a manos de cazadores o por competencia con otras especies que buscan básicamente lo mismo: agua y comida.
Al día siguiente de la aparición del jaguar, luego de hacer una inspección más detallada, y volver a la parte del camino donde habían visto al felino, vimos algunas huellas: unas más grandes, otras medianas y otras pequeñas.
Tal vez papá, mamá, hijo jaguar. No era un felino queriendo comerse a los voluntarios, me dirán los rescatistas. Era una familia huyendo del fuego, defendiendo su casa de esos extraños que somos nosotros.
Reportaje parte de la serie Colapso Latinoamerica, publicada por Dromómanos https://colapso.dromomanos.com/el-bosque-ardio-entre-nosotros/
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