El plato roto.
Resumen
Este ensayo autobiográfico-político narra la trayectoria de una mujer alteña a través de diversos espacios políticos en La Paz y El Alto, desenmascarando cómo la corrupción colonial se perpetúa incluso cuando los oprimidos llegan al poder. Desde una experiencia situada y crítica, la autora revela que el problema no es solo quién ocupa el gobierno, sino la estructura misma del estado-nación boliviano que convierte a indígenas y morenos en reproductores del sistema que juraron destruir. El texto propone imaginar futuros post-estado desde las prácticas comunitarias que ya existen en territorios como El Alto, que ha construido ciudad a pesar del Estado, no gracias a él. Es un llamado urgente a dejar de tomar sopa en el mismo plato roto y construir nuevas formas de organización social desde la autodeterminación.
Palabras clave: Estado plurinacional, Movimientos sociales, El Alto, Corrupción, Autodeterminación, Post-estado nación.
Este texto es un ejercicio de desdoblamiento histórico. No pretendo hacer teoría desde la distancia académica ni construir un análisis objetivo de los movimientos sociales bolivianos. Lo que hago aquí es algo más urgente y necesario: narrar desde las entrañas de una trayectoria política que es, al mismo tiempo, personal y colectiva. Escribo desde El Alto, desde mi cuerpo que transitó los espacios políticos paceños buscando ese lugar prometido donde la transformación social sería posible. Escribo para contar lo que vi: cómo los grupos oprimidos pueden terminar reproduciendo las mismas lógicas de poder que juramos no repetir y destruir.
La estructura de este ensayo replica mi propio recorrido político. Primero, narro mi paso por diversos espacios de participación ciudadana y militancia, desde el voluntariado hasta las candidaturas políticas, para mostrar cómo estos espacios están atravesados por las mismas jerarquías coloniales que dicen combatir. Segundo, analizo la tradición criolla de corrupción que heredamos desde la colonia y que hoy practican también quienes llegaron al poder con rostro indígena —porque el problema no es solo quién ocupa el poder, sino la estructura misma del estado-nación boliviano—. Tercero, propongo mirar hacia las formas de organización social que ya existen en nuestros territorios y que funcionan a pesar del Estado.
No escribo esto para los que ya saben. Escribo para lxs que, como yo, creyeron que cambiar el país era posible desde adentro, que el «caballo de Troya» funcionaría. Escribo para decirles que hay que imaginar otros futuros, fuera del Estado, desde las prácticas comunitarias que ya tenemos y que la historia oficial se empeña en llamar obsoletas. Escribo, sobre todo, para nosotrxs, lxs otrxs, lxs que construimos ciudad a pesar del Estado, lxs que hacemos política sin partidos.
Primera parte. Mi trayectoria por los espacios políticos
Les quiero contar mi paso por la política a través de los espacios que he conocido en el centro de la ciudad de La Paz.
«Ser alguien en la vida», eso me decía mi padre. Por buscar su aprobación, ingresé a la universidad sin buscar realmente lo que me gustaba, porque hay que ser muy pretenciosa y loca para pensar que una puede hacer lo que le apasiona. Entonces, quise estudiar Derecho. Pensé que sería algo que ayudaría a mi familia y sabía que se ganaba bien según los rumores sociales.
Para no perder tiempo, apenas salí del colegio ingresé a preuniversitarios. No pasé el examen. Accedí a una universidad privada que tenía prestigio por albergar estudiantes rurales y morenxs, y por la accesibilidad en sus pagos.
En la universidad hacía teatro y estuve en contacto con grupos voluntarios. Me gustaba el teatro; así conocí a varias personas y otras maneras de vivir, fuera de la formalidad institucional.
Pensaba también que desde los grupos voluntarios podía ayudar a gente. En el colegio quería llegar a ser presidenta, y veía en la televisión cómo los presidentes se acercaban a las personas pobres y les ayudaban con comida; parecía admirable.
Es por eso por lo que estudiar Derecho me hacía sentido. Creía que los abogados ayudaban a la gente, que eran sensibles a las injusticias. Sí, veía muchas películas de Hollywood. No me di cuenta de que los actores son personas hegemónicas y yo no.
Quería ayudar a mi familia de muchas maneras: con dinero, con acompañamiento jurídico. Decidí transitar el ámbito político, pues en el imaginario social andino y en el mío, ser abogadx implicaba participar en la administración de gobierno, en la política partidaria, y era símbolo de admiración. Entonces eso estaba bien; antes de eso debía pasar por una serie de rituales o espacios donde encontrar legitimación social. Por ejemplo, espacios donde te puedes convertir en una referente, en un ejemplo a seguir; creerse esa alguien que puede llegar a un espacio de poder como funcionarix públicx con un gran puesto del gobierno desde la meritocracia. Otra forma era ser parte de una agrupación política social, que es una extensión de un partido político.
Pero me seguía convenciendo todo el tiempo de que tenía que continuar mi carrera. Me decía que estas nuevas aficiones no me iban a dar dinero. También pensaba que podía salir a trabajar al extranjero para mandar dinero a mi familia. En la mitad de esta carrera llegué a un punto crítico: varias materias reprobadas, la presión de ser exitosa, la frustración de saber que no tenía vocación y el castigo de pagar mensualidad. Decidí retirarme de la universidad para buscar lo que quería hacer realmente. Les pedí perdón a mis padres por decepcionarlos y por haberles hecho gastar su dinero en mis estudios. Me comprometí a seguir la universidad después de un descanso de medio año. Regresé a la universidad muchos años después, en otras circunstancias.
Los espacios de «participación ciudadana» y el TIPNIS
En ese contexto que les comento es que llegué a ser parte de grupos de voluntariado —era más fácil—, pero estábamos expuestxs a una hipervisibilidad en redes sociales para que todxs se enteraran de que éramos un ejemplo de ciudadanos, porque éramos «solidarios» y estábamos mejorando la sociedad con eso. Las fotos eran pruebas de esa peculiaridad. Me salí del voluntariado. En ese tiempo me gustaba mucho hablar de política partidaria y en general de política. Una vez, con una pareja, queríamos conocer la movida de arte y política de La Paz; es así es como encontramos una reunión por la defensa del TIPNIS 2. Ahí conocí todo tipo de personas que tenían ideas políticas particulares y diferentes, y aun así se organizaban juntxs: desde varixs jailones 3 de izquierda, artistxs, cocinerxs, con distintos tipos de oficios. Muchxs de ellxs relacionaban la movilización del TIPNIS con la lucha para cuidar la tierra y resistir a los agronegocios. Ver eso era utópico.
Había dos grupos bien notables: primero, las mujeres autónomas, feministas y anarquistas; ellas tenían claro que había que ponerse a disposición de la gente indígena para fortalecer su lucha con lo que se podía. Segundo, hombres mayores que seguramente habían participado en algún partido político y ya conocían el ambiente de negociación con el gobierno. Otra parte eran oportunistas, que mantenían una estrecha relación con la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos (AP DD.HH.). En este espacio se gestionaban las reuniones por la lucha del TIPNIS. Todos estos grupos que apoyaban la lucha tenían sus propios objetivos y prioridades, mientras yo buscaba a cuál pertenecer. Sin embargo, les ponía cierta atención e interés a las feministas y personas autónomas. Pienso que hacen y tienen hasta hoy un trabajo real, sin la necesidad de reconocimiento.
Entre esta gente organizada también estaba el Comité Nacional de Defensa de la Democracia (CONADE), que lo estaban reactivando. El CONADE operaba como un espacio aparentemente democrático, pero en realidad era oportunista. Me daba curiosidad, entonces fui parte. Era jovencita, todavía tenía esos aires de patriotismo por la educación del colegio.
En ese espacio su forma de organización era vertical; había directivas, tanto de lxs jóvenes como de lxs adultxs. Pucha, nos changeaban 4. Por eso nos separaban entre jóvenes y adultxs. Ahí conocí a jailones, la mayoría que habían estudiado Ciencias Políticas. Creo que era la única alteña, joven y sin estudios, no sé; era la primera vez que sentí discriminación. Me llegaron rumores de los hombres jóvenes. En sus palabras, «no era cogible» —ese era otro tema—, y básicamente no podía ser vocera de este grupo en el sentido de representación, porque había otras mujeres que se veían más jóvenes y urbanas, es decir, no eran morenas y estéticamente tenían una apariencia más moderna. Hoy entiendo que eso fue discriminación. Con el tiempo vi que este grupo se organizó para hacerle frente al gobierno masista/indígena. Esa juventud es lo que hoy llamamos «lanitas», ¿ubican? Las «pititas», organizaciones de jóvenes de la derecha popular.
Cerca también estaba la organización Ríos de Pie, que tiene financiamiento yanki. Eran jóvenes bien organizadxs para desorganizar, y estratégicxs para poner a su gente en espacios de poder en Santa Cruz. Hasta hoy siguen con su narrativa de “ciudadanxs activxs” para salvar a la Pachamama —permítanme que me ría—. Su taller se llamaba «Acción directa no violenta» de Martin Luther King, decían promover el pacifismo con el cuento de que si nos organizamos como grupo de choque podemos frenar la violencia policial. Me regalaron un libro que por suerte lo perdí. Bueno, ellxs mismxs habían organizado todo su rechazo a un presidente indígena en el poder con la excusa de trabajar a favor del medio ambiente. En ese momento entendía mejor el racismo y demás cosas parecidas, por lo que su apoyo a Jeanine Áñez ya no fue una sorpresa.
Para mí fue importante ser parte de un proceso de lucha como el que se organizó por el TIPNIS en la ciudad de La Paz, donde participaron activistas, sobre todo de la clase media. Entre ellxs, activistas reales, con trabajos e ideas que coincidían con la lucha y también otrxs politiquerxs que solo buscaban visibilidad. Una fracción de este mismo movimiento resultó ser el 21F 5. Me atrevo a decir que los racistas del 21F se disfrazaron de activistas por el medio ambiente solo para rechazar lo indígena del gobierno.
Los espacios de «nuevos liderazgos»
Por los amigxs que hice en el movimiento de lucha ambiental, llegué a participar en eventos organizados por una ONG, donde me encontré con la idea de «nuevos liderazgos». Con esta excusa se buscaban nuevas representaciones, casi siempre jóvenes, para introducirlas en el campo político; en realidad operan como granjas de candidatxs donde les capacitan desde la narrativa discursiva de ser un «buen candidato» y buen líder. Además, si son elegidxs por algún partido reconocido, la ONG ha cumplido su objetivo de hacer que los jóvenes e indígenas sean parte de la gestión de gobierno a través de su capacitación de liderazgo, cumpliendo además con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
Sin embargo, la movida no deja de ser interesante y crítica. Además de jóvenes de clase media alta —algunxs que forman parte de agrupaciones políticas como Curva Sur o Comunidad Ciudadana—, también estaban hijxs de dirigentes o jóvenes de las organizaciones sociales como la CIDOB y la CSUTCB. Por otro lado, también estábamos incluidxs jóvenes morenxs urbanxs. El ambiente era interesante. Lxs participantes no tenían que preocuparse por pagar su alimentación y otras cosas, ya que se encargaba la institución. Esa pequeña comodidad permitía el desenvolvimiento en la charla para entablar relaciones sociales, porque de otra forma, en la vida real, era imposible. De todas maneras, muchos de los hombres —y, quién sabe, también mujeres— ya tenían prácticas de corrupción y manipulación.
Un ejemplo de esto: una vez me hice responsable de una tarea en un encuentro donde las personas más puntuales, las que no llevaban ni un minuto de retraso, recibían una recompensa. Allí, un par de personas querían negociar conmigo para que obviara que se habían retrasado un par de minutos o un poco más. Ellxs mismxs me acusaron de prepotente porque no accedí a su soborno. Respetar los acuerdos era parte de la práctica política de estos espacios, por eso mi abandono. Fue decepcionante saber que no había una voluntad genuina por mejorar y que mis ideas no tenían cabida en estos lugares.
Quería ser parte de una colectividad.
Me pregunto cómo puede una ser parte del gobierno sin ser cómplice de algún tipo de corrupción. No se trata de moralidad, se trata de ser realistas: no se puede. Sí o sí un día te vas a encontrar con la necesidad de negociar algún tipo de corrupción, y lxs que saben cómo afrontar esta situación son lxs funcionarixs.
Emprendí otro camino, apostando por ser candidata. Iniciando desde abajo como una simple suplente asambleísta, por la invitación de un amigo muy entusiasta y positivo. Su papá había sido dirigente de zona, muy querido por la gente. Mi amigo también quería resolver cosas y ayudar; por eso quise conocer esta experiencia y probar mi convicción. Esta vivencia me hizo ver de cerca un partido político real, que tenía un plan de gobierno copiado del que anteriormente habían presentado al órgano electoral.
Aquí aprendí lo que significa hacer campaña: sin dinero no puedes. Quienes te apoyan lo hacen a cambio de algo y te lo van a pedir cuando estés dentro del gobierno. Aquí también me enteré de que las candidaturas tienen un costo, dependiendo del grado de importancia. En este espacio no existía un proceso colectivo de lucha, sino que quien tenía la sigla cobraba por la candidatura. No era lo que estaba buscando. Terminaron las elecciones y ya no quise participar más. Pero aquí hay una verdad: sin dinero no puedes hacer la «lucha».
El punto de quiebre
Al final te haces oyente y observadora de los espacios donde participas y se reproducen los mismos patrones y relaciones de poder. Estos espacios que he podido recorrer me han hecho pensar que el plan «caballo de Troya» no funciona: nadie va a cambiar nada del país al entrar a trabajar como candidatx de algún partido o como llunk’u 6 de un candidatx.
Es más, quienes se postulan como candidatxs cumplen los requisitos mínimos para serlo. Alimentan la idea de que el gobierno funciona, y lo más importante es que ellxs saben lo que hacen, por eso ganan. Es decir, son conscientes de los actos de corrupción que alguna vez van a necesitar cometer hasta que se acostumbren. Y para mantenerse donde están, lo van a justificar. Otros elementos externos, como la aprobación masculina, van a sostener estas injusticias. En este punto fue inminente mi enojo y rabia, mezclados con una sensación de tantas mentiras que había escuchado. Para mí, entonces, realmente no había ningún lugar para trabajar o militar.
Hasta aquí tenía un montón de preguntas: ¿Quién soy? ¿Por qué quiero esto? ¿Para quién quiero trabajar? ¿Lo que hago realmente aporta? ¿Quiénes trabajan para aportar a la sociedad? ¿Desde dónde realmente se hace el cambio? ¿En qué idea política quiero creer? ¿Una revolución funciona como cambio? ¿Cada cuánto tiempo se produce el cambio?
Lo primero que pensé es que podría evitar lo político y todo lo que tiene que ver con ello. Sin embargo, por donde sea que quiera evitar lo político, me afecta. Ignorar la política no es la solución. Para hacerla corta, mi siguiente proceso ha sido complejo. Decidí ya no marchar, buscar trabajo que se relacione con la lucha, militar el feminismo —aunque no sabía cuál—, hacer comida para vivir o, mejor dicho, sobrevivir. Me he salido de esos grupos voluntarios, me he alejado de la movida activista paceña, he buscado referencias de lucha como Fausto Reynaga y Domitila Barrios. Quería conocer la historia real de este territorio que hoy es Bolivia. He tenido también acercamientos al movimiento anarco y he mirado de cerca la facción socialista LORCI 7.
He decidido e intentado hacer todo diferente. Con unxs amigxs hemos creado el colectivo «La Casa de las Cholas». Al principio era un espacio donde hacíamos comida sin carne y reuniones; luego se convirtió en una colectiva feminista. Hacíamos talleres e iniciamos la escuelita feminista que duró lo que el tiempo de amistad con una compañera muy querida.
Por estos andares me he encontrado de nuevo con arte/cultura. Dejando en pausa la colectiva, he trabajado mi habilidad de pintar, haciendo tipografía chicha pintada a mano —otra forma de trabajo—, porque la cocina estaba dura. Luego, fortuitamente, llegué al Archivo Comunitario de El Alto y terminamos creando otro colectivo que hoy se llama El Alto Aesthetics, con el que hemos producido haceres colectivos diseñados por nosotrxs mismxs desde la fiesta y la territorialización. He buscado otras formas de trabajar en la alimentación: acompañando, gestionando procesos y eventos. En la actualidad he vuelto a la universidad, esta vez a la carrera de Antropología, y también felizmente puedo decir que he encontrado complicidades con las que estamos ocupando un espacio cultural llamado Altusa.
Ya que ahora saben mi currículum, vamos a hablar de lo fuerte e incómodo.
Segunda parte. Lo obsoleto del gobierno por la corrupción criolla y la presencia selectiva del Estado
En mi experiencia corta pienso que podemos imaginar otros futuros fuera del Estado. Si hemos existido 200 años como país es porque no hemos tenido de otra. Siempre traicionadxs por criollos o afines al gobierno, con una educación que enarbola a nuestros opresores, con la precarización constante de las gentes indígenas por las crisis económicas. Con las falsas promesas de candidatos a la presidencia que siempre nos decían que íbamos a tener mejor vida si votábamos por ellos. Con las decepciones y las muertes que nos han dado cada vez que lo hicimos. Aunque hoy en día ya tuvimos un presidente indígena, sigue pasando lo mismo. Ojalá fuera otro el problema.
Tengo miles de preguntas: ¿Cuándo inició la corrupción y cuándo terminará? ¿Cuál es la salida para intentar algo nuevo? ¿Desde dónde tenemos que imaginar y hacer? Quiero recapitular y recorrer un poco la historia para ver de otra manera estos acontecimientos y reflexionar qué nos deja hasta la actualidad.
La corrupción como herencia colonial
He pensado que los problemas sociales, medioambientales y económicos de las comunidades rurales indígenas son transfronterizos. Si hiciéramos mapas políticos de sus naciones, veríamos que están en varios países: el pueblo aimara está en Perú, Chile, Argentina y Bolivia; el pueblo quechua está en Ecuador, Perú y Bolivia; el pueblo mapuche está entre Chile y Argentina. Puedo poner más ejemplos, pero la cuestión es: ¿Por qué estratégicamente están en estos territorios y por qué a los estados nación les interesa dividirnos con fronteras militares?
La figura o solución del estado nación, en 1825, para su contexto solo fue temporal. Por eso, a través del tiempo, esta estructura de organización de territorio fue acompañada por su forma de gobierno como «república», que nunca respondía a distintos sectores de la población, en especial a los «indios». Pese a que estxs fueron, en esencia, los más importantes para la independencia: se encargaban de trabajos de cuidado como la logística, alimentación, indumentaria. El trabajo duro para sostener a cualquier grupo de gente.
Estas tierras ocupadas por los que se quisieron deshacer del control y mando de la Corona española no tenían ningún criterio para ocupar algún territorio de forma estratégica o clave; fue, más que todo, una disputa de poder. Sin embargo, en la actualidad sabemos que fue de la forma más acaparadora y déspota para el enriquecimiento y creación de poder: ocupar tierras fértiles para aprovechar sus recursos naturales y tener beneficios económicos. En otros momentos generaron guerras para ocupar otros territorios con recursos naturales, como la Guerra del Pacífico, del Acre y del Chaco.
¿Por qué no conocemos la historia real? Desde que el Estado Plurinacional existe se ha socializado un momento histórico de manera sistemática: la sublevación india de Bartolina Sisa y Tupac Katari —estoy segura de que esa sublevación india buscaba autodeterminación, no constituir un estado nación—. También se habla de la recuperación de la sabiduría ancestral, el Vivir Bien y demás. Sin embargo, hasta ahora no se ha trabajado el contenido de la educación; no hay una reflexión cabal de la ocupación desde el genocidio que sufrió América del Sur y África por los nortes globales, y cómo luego los criollos formaron sus independencias como república.
Nunca se pensó en las gentes que ya ocupaban estos lugares, ni se les preguntó si podían ocupar sus territorios; se necesitó del genocidio para acabar con la gente y su cultura. Bajo esta lógica extractivista y autoritaria, hoy en día se busca ocupar el gobierno. Y desde esta ocupación genocida, la existencia de lxs otrxs indígenas está en el pasado. Hoy no existimos a menos que nos reconozcamos como bolivianxs, eso nos cuenta el Estado.
Por ejemplo: la derecha, como antes, busca mantener su patrimonio y conseguir uno que otro favor a toda costa, para engrandecer aún más lo que tiene a través del gobierno. Lxs jailones de izquierda buscan no perder legitimidad, mantener lo que tienen y lo que han podido conseguir. Y lxs oprimidxs/subyugadxs —en su mayoría indígenas— quieren construir su patrimonio económico, pero ¿a qué costo?
Este clasismo se sostiene —y sigue tan vigente— desde la independencia de Bolivia. Por eso nadie habla sobre la tradición de corrupción de los gobiernos de los estados nación y de que estos son criollxs: hijxs, nietxs, bisnietxs y descendientes. Así como la adopción de la corrupción por una gran parte de la ciudadanía que es mal llamada mestiza. Porque son, en realidad, indígenas o descendientes indígenas que viven en la urbanidad. Precisamente, se ha utilizado el mestizaje bajo necesidad urgente de homologación de las personas indígenas para fortalecer el sentir patriótico nacionalista. Entonces, ¿quiénes son lxs otrxs que se volvieron bolivianxs?
Desde esta perspectiva, los habitantes legales cuando se fundó Bolivia siempre fueron los criollos y su descendencia; por lo tanto, ellos tenían el poder territorial. No obstante, para lo que hoy se denomina «indígena» tuvieron que pasar muchas situaciones: sublevaciones, rebeliones, etc.
En un inicio, en Bolivia «los indios» fueron segregados bajo la categoría de «no ciudadanos», por no saber leer ni escribir y sobre todo por ser indios. En 1953 nos legitimaron como campesinxs a partir de la ley INRA. Hoy en día, con la nueva Constitución Política del Estado Plurinacional (CPE), somos mal llamados «indígenas», porque para mí es una categoría que nos habilita la ciudadanía en el país de Bolivia. Es decir, tantos años de lucha fueron solamente para conseguir la aprobación del opresor, no para decidir desde nuestra autodeterminación. La frase «el nombre que da el opresor es tu destino» cuestiona directamente lo indígena y el rol que tiene esto dentro de un país. En Bolivia, según la CPE, tenemos derechos especiales; sin embargo, nunca nos entregaron tierras sin ninguna condición de por medio.
Somos mal llamadxs «indígenas» porque se instauró la idea de que hay gente diferente en Bolivia y se hace notar tanto dentro del país como afuera. Se tomaron recomendaciones de las políticas internacionales, la academia y también de los grupos étnicos afines al gobierno. Por eso, aún con la denominación IOC (Indígena Originario Campesino), esta es una forma de decirles a estos grupos/naciones étnicas que pueden existir en Bolivia, pero sin ningún poder, a menos que se adecuen obligatoriamente al sistema —otra validación hegemónica—.
Si lxs indígenas fueran parte legítima, serían parte de la Asamblea Legislativa como naciones, hablando por su territorio y siendo sus propios mediadores de relaciones internacionales. Sin embargo, seguimos siendo solo la cuota de voto más grande que quiere aprovechar cada partido político. Por esta misma razón se ha construido un imaginario sobre la ocupación de cargos —ya sean públicos o privados— por indígenas descendientes; ese formato de cargo es llamado hoy en día «inclusión» o «cuota indígena». Y hoy esta idea tiene más fuerza porque otros morenos están en el poder o en el foco público; estos lugares se ven como un medio de ascenso de clase social.
¿Por qué se repite la historia? Porque seguimos, sin éxito, tomando sopa en el mismo plato roto, pensando que otra sopa más nutritiva nos va a cuidar la salud. A pesar de que se desperdicia todo por el plato roto, solo tenemos la ilusión de haber cocinado algo mejor, sin darnos cuenta de que muy poco o nada nos nutre porque la mayor parte se pierde por las grietas. Tenemos que cambiar de plato para aprovechar esa sopa nutritiva. Así nos daremos cuenta de que el haber tenido tanto tiempo el plato roto nos hizo desperdiciar todos los nutrientes.
Podemos construir un plato nuevo.
Ejemplos históricos de manipulación y traición
A continuación, veremos algunos ejemplos históricos que ilustran por qué deberíamos cuestionar las relaciones que tenemos con quienes están en el poder. Lo haremos desde el ejercicio de la memoria activa: revisar quiénes fueron las personas visibilizadas, cuáles fueron sus roles reales y qué compromisos cumplieron o traicionaron.
La fundación de Bolivia (1825)
La fundación de Bolivia fue un acto desesperado por obtener autonomía nacional. Cuarenta y ocho diputados, junto con Bolívar, dictaminaron Bolivia como república. De los 48 que firmaron, ninguno fue indio o indígena; necesariamente tenían que ser personas con situación económica estable y de prestigio social. En su mayoría eran criollos. Los indios eran desechables soldados de guerra.
La alianza con indígenas desde la manipulación de la población india es una realidad presente
- En 1899 termina la Guerra Federal con la victoria de los liberales, gracias a las tropas indígenas lideradas por Pablo Zárate Willka, quien mantuvo una amistad con el militar y presidente José Manuel Pando. Pando traicionó los acuerdos que prometió: la restitución de tierras a los indígenas si ganaban la guerra. Aunque así fue, se negó a cumplir. Por eso se produjeron levantamientos indígenas contra los hacendados (Condarco, 1965).
Fuente: Elaboración propia, collage de textos (Condarco, 1965, pp. 98, 196, 317-318).
En 1914-24, Santos Marca Tola, uno de los caciques apoderados, se organizaba con otros caciques de diferentes markas y ayllus del Altiplano para pedir la restitución de las tierras a través de la defensa legal. Sin embargo, esto le trajo problemas, ya que su trabajo no era a favor del gobierno, era a favor de los indios. A pesar de que seguía normas legales, fue perseguido y encarcelado. La convivencia con los españoles hacendados e hijos no era tranquila (THOA, 1984). Podemos notar cómo las formas de hacer gobierno se van socializando, sobre todo en la gente indígena. Esto se puede notar con la asimilación de los procesos burocráticos, porque muchos caciques fueron nombrados por el Estado.
Fuente: Elaboración propia, collage de textos (THOA, 1984).
- En 1953 se aprobó la Ley INRA por el gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), una nueva clase política que trabajó por la lucha india desde su «perspectiva». Aunque así fue, atrajeron muchos obreros e indígenas a sus filas. En ese contexto, los indios se legitiman como campesinos. Pienso que a partir de este momento se construye la idea de la que habla Fausto Reynaga: que el «indio tiene que llegar al poder desde la revolución» (Reynaga, 1970, p. 437).
- En 1979-80 se crearon dos organizaciones sociales a nivel nacional como confederaciones campesinas: la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB) y la Confederación Nacional de Mujeres Campesinas Indígenas Originarias de Bolivia «Bartolina Sisa» (CNMCIOB-BS), en un contexto político de dictaduras militares. El enfoque de lucha era la recuperación de la democracia para mantener lo poco que se consiguió con la ley INRA. Para entonces ambas confederaciones eran todavía apartidarias.
En todos estos momentos históricos que señalé anteriormente vemos cómo los indígenas se van sumergiendo a entender y ser parte de la estructura del gobierno «estado nación», pero también sus objetivos se van moldeando a estos espacios. Estos procesos que integraron a los indígenas tuvieron y tienen objetivos de blanqueamiento: mantener el servilismo en favor de los grupos hegemónicos de Bolivia, la alienación a través del mestizaje, la instrumentalización de la población indígena por ser mayoría.
A pesar de que se dio un gran paso cuando Evo Morales fue electo como presidente, hubo muchos cambios simbólicos que adornaron y legitimaron aún más el poder hegemónico, como lo es ocupar el gobierno. Ahora se ha vuelto un paradigma entrar, ocupar y trabajar en el gobierno porque te da poder adquisitivo, estabilidad económica. Y esto es importante para lxs que siempre han sido subyugadxs.
Antes ya había un aspiracionismo de la blanquitud, pero con la narrativa de la historia de Evo Morales —es decir, los pobres que se vuelven ricos porque son buenos con otros ricos— hay un reforzamiento de aspirar la riqueza que ha tenido siempre la hegemonía. Esto ha debilitado la posibilidad de imaginar alternativas de vida ante la opresión de los grupos hegemónicos y ha crecido el foco de atención por estas formas de vida.
¿Negligencia del Estado?
Hoy la preocupación —hablo sobre todo de la ciudad de El Alto, porque de aquí soy— es existir o sobrevivir ante la negligencia del Estado Boliviano en todos sus niveles de gobierno. No somos el único territorio donde el Estado decide estratégicamente dónde estar presente y dónde no.
El Alto es un claro ejemplo de esta negligencia. Quería ser en sus inicios un municipio y luego una ciudad debido al crecimiento poblacional y requerimientos urgentes de servicios básicos. Si bien este territorio estaba creciendo en habitantes, la forma de vida en estos espacios era muy deprimente; ninguna «autoridad» quería hacer algo por este territorio. Éramos lxs más pobres.
La historia de El Alto tiene más de 40 años; sin embargo, hace apenas 40 años que se puede exigir al gobierno. Haciendo análisis de su proceso histórico, no fue la respuesta del gobierno lo que le ayudó a ser una ciudad potente en tecnología y economía; se creó y mejoró por la insistencia de la gente que la habita. Trabajaron por la educación de sus hijxs exigiendo presupuesto para la Universidad Pública de El Alto (UPEA), infraestructura en Unidades Educativas, gestiones de alcantarillado, agua y luz, a través de las juntas vecinales. Durante la Guerra del Gas de 2003, El Alto fue clave para el abastecimiento nacional y la resistencia. Lo que exigíamos era solo lo necesario para vivir mejor.
De todas maneras, si hacemos un recuento de lo que el gobierno ha trabajado por El Alto, no hay mucho que contar. Nuestra respuesta es desde la indignación y rabia pues solamente nos dieron masacres: la Masacre de Todos Santos 1979, la Guerra del Gas 2003 y la Masacre de Senkata 2019. Ninguno de estos fatales sucesos ha tenido justicia, porque han sido avalados por el Estado y los medios de comunicación a favor del conservadurismo en Bolivia.
Ahora se muestra en los medios de comunicación que en la ciudad de El Alto hay gente rebelde y luchadora, ocultando detrás de estas palabras la realidad que las personas sufren: la precarización económica que condiciona el subsistir —ni siquiera alcanza para «vivir bien»—. Entonces, ¿de qué estamos hablando?
Esa gente —me incluyo— ha apoyado a personas como nosotrxs, morenas e indígenas, para las candidaturas de todos los niveles de gobierno en los últimos 20 años. En la actualidad, ya que tenemos mucha gente morena e indígena en el gobierno, me pregunto: ¿Por qué seguimos sintiendo el abandono del Estado?
Solo hubo cambios simbólicos. Al punto de que cualquier candidatx de cualquier clase social puede utilizar un poncho para empatizar con sus seguidorxs. Esa es siempre una estrategia para ganar votos desde la reforma agraria. Ese fue el cambio.
La complejidad de la complicidad
¿Cuál es el problema ahora? Si hubo gente corrupta en el pasado, corrupción generalmente practicada por los descendientes criollos, y hoy practicada por gente morena o indígena. Es importante entender que la corrupción no es simplemente una herencia que pasa de criollos a indígenas. La prolongación de la hegemonía es posible por ciertos sectores de los grupos oprimidos que colaboraron activamente para ser parte de las élites y sus políticas. No es un simple antagonismo binario entre opresorxs y oprimidxs; hay complicidades, alianzas estratégicas y formas complejas de reproducción del poder.
Estas alianzas se han consolidado dentro del folklorismo diplomático. Un ritual indígena y criollo ha generado una hibridación dentro de los acontecimientos sociales que no solo es estética, sino que reúne ambos valores culturales, construyendo así relaciones políticas desde el padrinazgo. Esta se convierte en una filiación de parentesco estratégica para acceder a ciertos beneficios, ya no desde el cuidado, sino desde el favoritismo.
De la misma manera, personas morenas o indígenas que han alcanzado cierto ascenso de clase social han adoptado creencias y valores tradicionales de la clase media. Estos procesos se podrían traducir como el aburguesamiento de lxs oprimidxs. Esta clase social se convierte en un punto medio donde se supone que están mejor que antes y que ahora tienen otras preocupaciones, por ejemplo, no volver donde estuvieron. Esto produce una situación de inmovilización social ante las injusticias.
Y si no acabó esa corrupción es porque se sostiene sobre todo a través del poder del gobierno. Quienes ocupen el gobierno tendrán la necesidad de producir y reproducir corrupción de forma organizada para mantener las redes de poder que les permiten gobernar. Aunque se hagan leyes con diversas representaciones sociales o culturales, estas quedan como letra muerta porque el sistema mismo requiere de la corrupción para funcionar.
Entonces me pregunto: ¿Qué produce la corrupción? Es un factor que a largo plazo contribuye a la marginación de ciertos grupos sociales que exigen responsabilidad al gobierno en temas como infraestructura, salud y educación. Es necesario mencionar que la corrupción se implementa a gran escala sobre todo desde la fundación de Bolivia.
Se ha elegido un presidente moreno e indígena porque se construyó la narrativa de que el «pobre bueno puede llegar al poder a través de la aprobación de sus opresores». Esta idea se ha fortalecido con la corrupción que se aprende en el camino hacia esa silla del poder.
¿Y cómo es el recorrido para llegar allí?
- Hacerle favores al jefe: existe aún en el imaginario social la idea de servilismo, siempre atender, creer y estar a disposición de lxs jefxs, y que un día te reconozcan este trabajo con un mejor pago.
- Entrar a trabajar al gobierno como sea, desde trabajadorx del aseo hasta secretarix o chofer, e ir escalando a un puesto mejor. El requisito para obtener este trabajo es luego pagar el primer sueldo o la totalidad a quien te ayudó a conseguir el puesto.
- Buscar gente conocida y pedirles que te ayuden a buscar trabajo dentro del gobierno.
Elegir a unx morenx, creer que hará reformas para mejorar la situación de «otros como él» —su gente— es pisar el palito que está por romperse.
Hemos creído sin dudar en Felipe Quispe. No era suficiente creer; también debíamos tomar responsabilidad y saber qué haríamos nosotrxs después. Cuando el Mallku fue candidato creímos en él y pensamos que respondería a las demandas. Su deceso fue terrible para todxs, porque era, por decirlo así, uno de los últimos con conciencia de la opresión que han vivido lxs indígenas y lo demostraba con asertividad en su discurso.
Además, tenía experiencia en negociar con el gobierno desde su identidad aymara. La representación que generaba el Mallku fue desde la complejidad de lo que significa ser indix, aymara, gente del campo; su poder político no estaba en el gobierno, estaba en la gente con la que se movilizaba y, en sus últimos tiempos, su capacidad de articular. Luego creímos en su hijo y tuvo una responsabilidad muy grande. No fue lo mismo que elegir al Mallku, porque el hijo puso en riesgo las demandas que fueron confiadas a su padre. Hay que tomar alternativas; no podemos hacer o practicar las mismas tradiciones hegemónicas, como designar todo lo trabajado ideológicamente por herencia. Esta circulación de poder es nepotismo.
La negligencia del Estado se debe también a que lxs nuevxs funcionarixs públicos no conocen de fondo los espacios donde van a trabajar; solo les interesa el sueldo que van a recibir o esperan que pasen las horas de trabajo. Entonces, no se involucran con su responsabilidad de pensar si están haciendo bien o mal porque solo esperan instrucciones de «los de arriba» —me refiero a los cargos mayores: jefes de unidad, alcaldes, presidentes, etc.—. Hay una operación jerárquica de decisiones y de manipulación económica en muchos casos, lo que centraliza el poder y nuevamente deja muchos espacios desatendidos, priorizando otras relaciones estratégicas para mantener ese poder.
Solo en este momento histórico los déspotas tienen cara indígena. Aunque la clase alta por generaciones ha ocupado este lugar antagónico de poder, aún se sigue organizando para mantenerlo. No es casualidad el levantamiento de las derechas a nivel continental en la actualidad: siempre estuvieron ahí, organizándose sin creatividad para formar su revancha, la misma que hoy nos afecta. Nos someten a nuevas crisis económicas, creando otro sector de la población empobrecida que sirva a la clase alta como mano de obra barata.
Si bien los grupos oprimidos son aún objeto de estudio hasta de forma tradicional en la producción de conocimiento, a pesar de precisarlo con urgencia, no hay investigación que evidencie las opresiones que la clase alta ejerce. Evidentemente no se podría llegar al fondo de cómo se organizan y cómo sostienen el poder cuando tienen respaldo tanto de lo legal como de lo privado. Pienso que los mismos miembros de la clase alta tendrían que traicionar a su clase social para que quienes fueron oprimidxs puedan trabajar en desmantelar estas estructuras de poder. Es necesario evitar convertirnos en aquello que juramos destruir.
No puedo abordar las complejidades de tener privilegios porque no estoy en ese lugar, pero tengo ideas que puedo plantear desde la especulación. ¿Dónde está realmente la plata en Bolivia? ¿Con cuánto es suficiente para tener una vida digna? Necesitamos entender con cuánto viven las personas de la clase alta y qué tipo de subjetividad sostiene su consumo excesivo. Necesitamos conocer las dinámicas económicas y sociales que perpetúan estas desigualdades. Estas dinámicas están directamente relacionadas con los poderes del Estado. Entonces, si sabemos que el sistema nos oprime, ¿por qué terminamos replicando lo que nos hace mal cuando llegamos a espacios de poder? ¿Por qué hay una línea tan delgada entre ser oprimido y convertirse en opresor? ¿Podría el opresor sobrevivir con el salario mínimo que gana la mayoría, vivir como nosotrxs vivimos?
La idea de la liberación, con raíces europeas de izquierda, no funciona en territorio colonizado o territorios indígenas. Las clases medias, que son en su mayoría las que se organizan políticamente, creen que nos pueden liberar a lxs que estamos por debajo de ellos, cuando en realidad se necesita la liberación de ambas. Ante su complejo de salvadores blancos, hay una comodidad que es parte del colonialismo, como el racismo internalizado, el clasismo, la xenofobia y el rechazo por lo que no entiendes. Lo que permite el ejercicio de la violencia estructural desde las relaciones de poder asumidas.
Por último, critico el conservacionismo de las ideas que se vivencian y trabajan en las oficinas del gobierno; allí no hay espacio para la innovación creativa. Estos espacios están cerrados a recibir propuestas externas que no hayan pasado primero por «lxs de arriba». Por lo tanto, siguen reproduciendo un mundo de opresiones y le siguen entregando el valor y trabajo del pueblo a los pocos grupos hegemónicos con licitaciones, alianzas, proyectos.
Se cree que el Estado debe proveer, solucionar, solventar, proyectar, gestionar todo, sobre todo lo más necesario y básico. Reclamamos lo básico; no me parece justo que sigamos poniendo todos nuestros sueños en el Estado cuando sabemos que lxs que están en el gobierno no pueden resolverlo todo. Y menos aún podemos reducir el trabajo del Estado a una representación individual.
Por eso el poder del gobierno se debe dividir no solo con los órganos jurisdiccionales, sino también con la sociedad que habita el territorio, con esas mayorías. Tal vez, en su lenguaje, necesitamos presidentxs que imaginen otros sistemas de valores, creatividad, políticas y técnicas sociales.
Y aunque se sienta lejano, algún día no habrá ninguna opción como partido político y como candidatx a la presidencia; no funcionará la estructura de «estado nación». Entonces migraremos a otro sistema de organización. No será suficiente quedarnos con la demanda de restitución de los territorios indígenas, sino también que nos den del presupuesto del Estado; así nosotrxs podamos decidir qué hacer con este territorio y cómo lo organizamos. Esta visión parte de que se están acabando los insumos de representación identitaria. Tal vez ahora le toca ocupar el poder a indígenas de las tierras bajas del Chaco o de la Amazonía; quizás su proceder sea distinto.
En esta primera época de los años 2000, el internet, a través de las redes sociales, nos ha permitido identificarnos como grupos indígenas y nos ha hecho saber que existimos en otras partes de América del Sur. Este saber que estamos vivxs y que no hemos muerto todxs nos propone vivir de otras maneras, poniendo en mira, de forma crítica, la organización política que tenemos. Si Bolivia es el único Estado híbrido en la región continental, no es suficiente. Al parecer, Bolivia es la esquina de estos territorios, geográficamente hablando.
Tercera parte: ¿Quiénes producen colectividades para vivir bien?
Y aquí es cuando entramos a hablar de la idea de «post estados naciones» y preguntarnos: ¿Es posible vivir fuera del estado nación? Mirar otros espacios que hacen mejor su trabajo que la administración pública y evaluar si es posible reemplazarla.
Tenemos 146 años como país, sin costa marina, con los productos de alimentación más baratos de la región, con grandes «retrasos» en progreso y modernidad, y todavía con recursos naturales por explotar (robar) —el litio, pues—.
Pienso que hablar de post estado-nación es hablar de un futuro que no es blanco. Quiero decir cosas descomunales que no pueden ser todavía confirmadas, entonces las diré en formato pregunta. Más allá del estado nación: ¿Hay pobrxs? ¿Hay un solo poder? ¿Hay extractivismo minero? ¿Hay racismo? ¿Hay guerra? ¿Hay libre pensamiento? ¿Hay dignidad? ¿Hay hambre? ¿Cómo será vivir fuera de un estado?
No es suficiente la autonomía indígena. Sobre todo, la burocracia agota los esfuerzos de más de 200 años por la restitución de territorios ancestrales. La jurisprudencia de la autonomía para lxs Indígenas Originarios Campesinos es contradictoria porque en la restitución de territorios ancestrales se habla de un nuevo sistema político que no es compatible con el de estado nación. Las leyes del Estado boliviano reducen la importancia de este proceso de autodeterminación de IOC para que estos se encuentren dentro de los márgenes de gobernabilidad, consecuencia de la colonialidad. (Schavelzon, 2012, p. 27).
Si se trabaja la restitución de territorios ancestrales, dentro de los usos y costumbres existen posibilidades en cuanto a sistemas políticos que no se parecen a los bolivianos. Esto nos lleva a hablar también sobre la desintegración del Estado boliviano. La autonomía indígena nos pregunta si queremos ser adoptadxs por Bolivia, y la respuesta es otra pregunta: ¿La IOC quiere ser parte?
Si nos imaginamos que algún día no solo se nos reconozca como indígenas a las 36 naciones, sino que también se restituyan los territorios y la economía que se ha generado dentro de ellos, pienso que podremos decidir y producir desde la autodeterminación nuevos formatos de vida.
Sé que parece muy idealista; de todas formas, ¿cuándo podremos construir algo nuevo si no es desde la imaginación y creatividad? Pensar en hacer las cosas diferentes es también pensar en organizaciones sociales alternativas a las que están alineadas con el gobierno, y que hacen mejor su trabajo. En su mayoría, estas organizaciones no tienen presupuesto económico y trabajan desde la autogestión o financiamiento independiente. Esta vez hablaré más de aquellas que se basan en el trabajo de producción social, que se refiere a nuevas prácticas de valores y comunalidad.
Organizaciones que producen comunalidad
Ejemplos de maneras de producir comunalidad en otros tipos de organización social, económica y política:
- a) Tawantinsuyu: Si bien fue un imperio, pienso que tiene razones organizativas potentes en su geografía política que podrían intentarse replicar, por ejemplo, su sistema político de ayllus 8, aunque su organización sigue siendo de jerarquía vertical. Aun así, hoy han prevalecido; en el altiplano andino existen comunidades organizadas por markas y ayllus dentro de las provincias, sobre todo en el área rural. Esta forma de organización hoy es un híbrido entre lo sindical y comunitario, que ha tenido legitimidad al momento de tomar decisiones en su municipio.
- b) Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN): Territorio armado y autónomo en Chiapas, México, que desde 1994 construye formas de autogobierno indígena, con sus caracoles que se denominan Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas (MAREZ), gobernados por juntas de Buen Gobierno. También tienen ideas formuladas en consignas que expresan su concepción sobre la comunalidad, por ejemplo, mandar obedeciendo, y en especial el letrero al inicio del territorio zapatista: Usted está en territorio zapatista en rebeldía, aquí manda el pueblo y el gobierno obedece.
- c) Mujeres Creando: Es un movimiento de mujeres, un ejemplo real de organización social que tiene como base ideas políticas feministas anarquistas adaptadas al contexto boliviano, siendo una organización que ofrece un mejor servicio de justicia que el gobierno.
- d) Sindicatos y organizaciones cooptadas: Los sindicatos de comerciantes son ejemplos de organización social económica con la mayor aglutinación de gente, pero fueron cooptados por el MAS. Hoy su directiva es usada como escalera política para postular a cargos públicos. Similar situación vive la confederación «Bartolina Sisa»: esta organización apoya al gobierno masista y ha cambiado sus demandas —pasaron de preocuparse por lograr mejores precios para sus productos agrícolas a ocuparse por agendas de género impuestas por ONGs.
Cuando me imagino un espacio que organiza y produce valores sociales, pienso en un lugar donde se produce la colectividad son el ejercicio activo de las tradiciones ancestrales. La hegemonía no ve estos rituales como productivos, pero son altamente necesarios para generar una convivencia colectiva y llevar consigo un proceso colectivo de asimilación de valores. Sin embargo, estos lugares necesitan presupuesto económico. Hablar de dinero, desde el colonialismo hasta la actualidad, es complicado para las personas oprimidas. La colonialidad produce humillación de múltiples maneras: no tener dinero es una forma de enfermar a la gente, es una estrategia política de las crisis económicas. Esta enfermedad es mental: puede conducir a ansiedad económica, depresión y suicidio. Esta humillación sistemática sostiene el capital mediante la ilusión de que trabajando algún día seremos ricxs, ideas sostenidas por la meritocracia.
La anti-alienación y la territorialización de los grupos sociales es posible a través de las prácticas de usos y costumbres heredados. Es decir, replicar tradiciones que alguna vez has visto en tu casa: las formas de curación de una enfermedad, cocinar, hacer rituales de agradecimiento, las formas de celebración y de atravesar un duelo como Todos Santos. El sistema político de las comunidades andinas se ejerce desde la ritualidad; en esta práctica de valores está implícito lo económico y social.
Cuando mirás y revisás estas acciones que parecen normales, en realidad son esos usos y costumbres que la historia oficial lee como tradiciones obsoletas, como prácticas del pasado. No podemos digerir esa contradicción porque lo hemos vivido y sigue presente. Decirnos que no existimos es más normal de lo que parece.
Conclusiones
He contado mi experiencia personal en espacios políticos para reflexionar sobre las relaciones de poder marcadas por el servilismo. Este servilismo se instala en el imaginario social y funciona en la práctica política. Quienes hemos sido oprimidxs por este estado nación necesitamos ver de forma crítica cómo se conservan estas ideas para alcanzar un poder que está estancado en gobiernos que la hegemonía legitima.
Revisar la historia desde la experiencia de lxs indixs, indígenas o morenxs —iguales a nosotrxs— nos permite llegar a la realidad no contada. La historia oficial siempre ha limitado nuestra pertenencia, obligándonos a buscar la aprobación de quienes nos han gobernado: los criollos, la clase alta, quienes siempre han tenido el poder económico y político.
Necesitamos atravesar la mentira del mestizaje que sostiene el patriotismo de cada país. Esa narrativa dice que otrxs hicieron historia por nosotrxs, que otrxs lucharon por la gente morena e indígena, y que solo lxs progresistas nos quisieron salvar. Cuando la realidad es otra: lo que los criollos nos dejaron como herencia no fue poder. Nos heredaron la corrupción para mantener un poder que jamás nos van a entregar.
Cuando conocemos esta historia oficial boliviana y la historia no contada de las sublevaciones indígenas, podemos situarnos como protagonistas de nuestra propia historia, no solo como víctimas. Esto nos permite sentirnos legítimxs de existir sin pedir permiso a nadie. La negligencia del Estado no es más que una estrategia consciente para mantener a indixs, indígenas y morenxs en situación de precariedad y dependencia.
Las formas de vida alternativas pueden crear realidades diferentes, sin duda. Para que esto funcione a gran escala necesitamos presupuesto, y ese dinero está controlado por los mismos de siempre: la clase alta, los herederos del poder colonial. Crear alternativas de vida también requiere dignidad, y eso significa tener más que solo servicios básicos. Lo que me ha llevado a preguntarme: ¿Quiénes pueden diseñar y producir formatos de vida para vivir bien?
Nosotras. Las que vivimos en los márgenes. Las que construimos ciudad sin Estado. Las que hacemos política sin partidos. Las que imaginamos futuros desde nuestras cocinas colectivas, desde nuestros ayllus urbanos, desde nuestras fiestas que son también formas de resistencia.
El Alto existe a pesar del Estado. Y en esa existencia terca está la semilla de los futuros que necesitamos imaginar.
Bibliografía
Condarco Morales, R. (1965). Zárate, el temible Willka. Talleres Gráficos Bolivianos.
Escalante, C., & Valderrama Fernández, R. (2020). Ayllus incas, tierras del sol y agua del Huanacauri en Sucsu Auccaille, San Jerónimo, Cusco. Anthropologica, 38(45), 161-184. https://doi.org/10.18800/anthropologica.202002.007
Reynaga, F. (1970). Revolución india. Ediciones PIB.
Schavelzon, S. (2012). El nacimiento del Estado Plurinacional de Bolivia: Etnografía de una Asamblea Constituyente. CLACSO; Plural Editores; IWGIA; CEJIS.
Taller de Historia Oral Andina. (1984). El indio Santos Marka Tula, cacique principal de los ayllus de Qallapa y apoderado general de las comunidades originarias de la república. THOA-UMSA. https://es.scribd.com/document/395297637/THOA-1984-Santos-Marka-Tola.
1 Carla Pamela Casa Guarabia creció en El Alto, Bolivia. Es gestora cultural, cocinera, pensadora y artista visual autodidacta, estudiante de antropología y poeta. Autopublicó su primer poemario fanzine «Mi monstruosidad» el 2022. Su trabajo a menudo gira en torno al feminismo y al desmantelamiento del poder patriarcal. Participó de la instalación colectiva de mujeres en el Museo Nacional de Arte el 2023. Actualmente es integrante del colectivo El Alto Aesthetics y del espacio cultural Altusa. ⇑
2 En 2011 y 2012 el TIPNIS (Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure) fue escenario de una de las luchas indígenas más importantes contra el gobierno de Evo Morales, quien pretendía construir una carretera que atravesaría este territorio protegido. ⇑
3 Jailón: En el contexto boliviano, término para referirse a personas de clase alta o con pretensiones de serlo, generalmente asociado con actitudes de superioridad y discriminación. ⇑
4 Changeaban: Bolivianismo que significa infantilizar o explotar laboralmente. ⇑
5 El 21F se refiere al movimiento que surgió tras el referéndum del 21 de febrero de 2016, donde la opción por el «No» a la reelección indefinida de Evo Morales ganó. Sin embargo, cuando el gobierno buscó otras alternativas para la reelección de Morales, varias plataformas en oposición al gobierno, principalmente de clase media, configuraron lo que se llamaría el movimiento 21F. ⇑
6 Llunk’u: Término aimara que designa a quien es servil o adulador con los poderosos, especialmente usado en contextos políticos. ⇑
7 Liga Obrera Revolucionaria por la Cuarta Internacional (LORCI): organización política de orientación trotskista con presencia en América Latina, que forma parte de la corriente socialista revolucionaria de la Cuarta Internacional. ⇑
8 El término ayllu designó a una organización social inca basada en lazos de parentesco, origen común y propiedades comunes, como estar vinculadas a un territorio (Escalante y Valderrama, 2020). ⇑
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