Movimientos sin movimiento: nostalgia del anarquismo
César Antezana/Flavia Lima 1
Septiembre 2025
Resumen
Este ensayo reflexiona sobre las limitaciones del discurso de «resistencia» predominante en los movimientos sociales bolivianos desde los años ochenta, argumentando que las posturas autonomistas e identitarias, aunque valiosas, se han vuelto insuficientes ante la crisis ambiental y social actual. A partir de la experiencia de la Colectiva Almatroste y el análisis del golpe de Estado de 2019 en Bolivia, la autora propone superar la fragmentación de las luchas sociales y retomar la centralidad de la lucha de clases, sin abandonar las reivindicaciones feministas, indígenas y de diversidades sexuales, para construir una estrategia política más amplia que incluya tanto la movilización callejera como la participación electoral en la búsqueda de transformaciones estructurales anticapitalistas.
Palabras clave: Resistencia, Autonomismo, Lucha de clases, Movimientos sociales, Anticapitalismo.
Una conversa
Nuestra colectiva organizó en junio de este año un conversatorio alrededor de la problemática de la minería en Bolivia. Este formó parte de una serie de charlas con las que pretendemos abordar temas importantes para la coyuntura nacional. En aquella oportunidad invitamos como expositora a la compañera Aurelia Canelas; estuvo genial. Después de su exposición, las intervenciones de las y los asistentes a la conversa giraron alrededor de la consigna «resistir/resistiendo/resistiremos». Frente a la contaminación, al avasallamiento de ríos, de áreas protegidas y territorios indígenas; desde las comunidades, desde los colectivos, desde las «trincheras» personales, etc. Poco a poco se fue construyendo un consenso alrededor de esta postura, refrendada, además, por los carteles serigrafiados que un colectivo de artistas había colgado en las paredes del lugar, con frases como: «Amazonía resiste» o «somos Pachamama».
Así se fueron sucediendo las intervenciones, hasta que, en cierto momento de aquella noche, un profesor de tendencia trotskista tomó la palabra 2.
—El planeta —dijo, más o menos— está llegando a un punto de no retorno en la degradación del medio ambiente; está a nada de colapsar y entonces ya no nos alcanzará con resistir: si realmente queremos salvar el ecosistema y a toda la vida sobre la tierra, incluyéndonos, lo que tenemos que hacer ahora es vencer. El murmullo fue en aumento y toda la sala se agitó sensiblemente por unos minutos.
Con el relato del resistir/resistiendo/resistiremos, hemos dado por sentado muchas cosas al respecto. Por ejemplo, que cualquier acción fuera del autonomismo y la autogestión sería traicionera o reaccionaria; que la única acción éticamente posible y responsable sería imitar al zapatismo en su aislamiento político o a las comunidades indígenas más alejadas de la civilización —en una mezcla divertida entre John Zerzan y ecologismo radical de los años noventa a dos mil—; que la política con mayúsculas sería en sí misma, un basural nauseabundo donde se entierran moralidades y principios; que apuntar a la incidencia política —ni hablar de acciones encaminadas a la «toma del poder» leninista— sería el resultado de un impulso machista y patriarcal, porque, en palabras de Audre Lorde, «no se puede destruir la casa del amo con las herramientas del amo».
Vamos a discutir algunos de estos presupuestos a la luz de nuestra íntima experiencia estos últimos veinte años —desde que se fundara nuestra colectiva Almatroste—, siempre en el afán de construir, discutir y dialogar.
A quemarropa
A menudo el catastrofismo ecológico deviene en dos posibles posiciones. Puede decantar en un compromiso radical de transformación —a veces también como una «huida hacia adelante»; ni qué hacer, vamos, cualquier cosa menos esto— o en llano cinismo —sí, nos estamos muriendo, ¿y qué? —. El primero replicaría la intuición de Theodor Adorno: «La desesperación se convierte en la forma última de la esperanza». El segundo nos llevaría a lo que Zizek (2003) llama «conciencia cínica», tenemos plena y total conciencia de lo que sucede alrededor y sabemos que estamos destruyendo el planeta y tenemos más o menos cierta posibilidad de explicar el porqué, pero nos da igual —la cosa es más compleja, porque hay disfrute culposo de por medio, pero para el caso hasta aquí nos sirve—. A su vez, tres posiciones se despliegan como posibilidades dentro de este espectro de cinismo.
Primero, nada nos interesa y entonces la frase punk: «no hay futuro» —o la más criolla «como si no hubiera un mañana»— orienta nuestra vida y se mezcla con el consumismo hedonista que ofrece el mercado.
Segundo, la posible solución deviene en paliativo moral: las empresas privadas asumen el discurso «verde» y aseguran que es posible aminorar su/nuestro impacto en el planeta y garantizar así, sin molestar sus ganancias, nuestra supervivencia. Un correlato para este greenwashing empresarial sería, en lectura del joven comunista japonés Kohei Saito, el llamado generalizado a la responsabilidad y acción individual frente al colapso, que en última instancia reduciría la posibilidad de acción colectiva de la gente; por ende, una transformación estructural sería cada vez menos probable dentro de este espectro 3. El mismo esquema podría aplicarse a las acciones de colectivos unidos y movilizados alrededor de la autoadscripción a una identidad particular de grupo. Entonces, los movimientos LGBTIQ+, indigenistas, feministas, etc.; nos convertiríamos en fuerzas inofensivas para el capitalismo, que además nos vende merchandising en nuestras propias manifestaciones —la posibilidad de encontrar en el mercado nuestros signos de distinción—. Esta compartimentación de nuestras acciones nos impediría, en la práctica, apostar por transformaciones estructurales de largo aliento 4.
La tercera resulta en imaginar estéticamente el apocalipsis y correr hacia él de forma inmaculada. Como el ser humano es el causante de este descalabro, su extinción sería la mejor solución. Esta última posición estaría ligada de alguna manera al llamado ecofascismo, aquel profundo desprecio por la vida humana que, en un macabro e irónico plot twist, nos pone en un centro suicida muy peculiar. La culpable sería nuestra naturaleza humana —como si fuéramos un parásito inserto en la naturaleza—; esto sería imposible de «arreglar» y entonces… se libran del excedente humano —de los pobres—, para poder garantizar la supervivencia de las élites, como en la serie brasileña 3%. Cuatro temporadas, del 2016 al 2020. En fin, como dijimos al inicio, la conciencia cínica coincide de alguna manera con cierto imaginario seudoanarquista ligado al punk. Sabemos que todo se va al carajo y entonces nos vamos al carajo haciendo mucho ruido y pateando basura.
En este sentido, cuando Tony Negri y Michael Hardt publican Imperio a inicios del dos mil, comprenden, entre otras cosas, que ciertas aspiraciones anarquistas estaban cumpliéndose en esta nueva etapa del capitalismo: la extinción del Estado en marcha, por ejemplo. Después de las críticas que suscitaron sus ideas sobre la multiplicidad de los centros de poder capitalistas, en desmedro de las metrópolis —centros privilegiados del imperialismo descrito por Lenin—, para nosotras la paradoja sigue siendo de impronta colonial.
Mientras que los Estados del norte global se hacen cada vez más fuertes, los Estados del sur se estarían achicando —al menos en la agenda de la derecha reaccionaria—, como en la Argentina de Javier Milei, que acaba de iniciar un proceso de privatización del agua. Los empresarios del sur —y las transnacionales, por supuesto— necesitarían Estados débiles para operar con más libertad, mientras los Estados del norte, imperiales en sentido fuerte, concentran cada vez más poder, sobre todo cuando la ecuación gobierno-empresa privada se vuelve inseparable hasta casi identificarse plenamente —con Donald Trump esto llegó al paroxismo—.
Un claro ejemplo de este asunto nos resulta la tensa relación entre Israel y Palestina, agravada ahora mismo por el genocidio que comete el Estado israelí en la Franja de Gaza. Israel es un Estado cada vez más fuerte y autoritario, al mismo tiempo que a Palestina se le niega rotundamente la posibilidad de conformar su propio Estado. Así resulta hoy la dinámica norte-sur, con Netanyahu haciendo bromas al respecto, públicamente.
Es indispensable entender cómo está funcionando el capitalismo ahora: borrando los mínimos acuerdos internacionales —la ONU, la OMS, etc.— en nombre de abrir camino a los intereses económicos y geopolíticos de EE. UU. y la Unión Europea, que además acaban de subir los presupuestos de defensa para la OTAN. En cambio, en el sur se opera una suerte de desmantelamiento de los Estados populistas, que resultaron en bisagras apenas defendibles frente al embate de las derechas de la región —¿no había descrito este tipo de situaciones Marx en El 18 brumario de Luis Bonaparte? —.
Otro elemento para tomar en cuenta es cómo algunos gobiernos, como el de Joe Biden en EE. UU. y el de Sebastián Piñera en Chile, “cedieron” en su momento a ciertas reivindicaciones de las diversidades sexuales y del feminismo, en afán de lavarse la cara por su política guerrerista el primero y represora de su población, el segundo. En EE. UU., Donald Trump se está encargando de desmantelar ese tejido de derechos que, como un barniz sobre el capitalismo, resultó susceptible de desaparecer fácilmente según los intereses de los dueños del capital 5.
Esta vuelta explicaría cómo, en la actualidad, discursos que parecían progresistas o revolucionarios hasta los ochenta y noventa —el anarquismo en Seattle, por ejemplo; el ecologismo de Greenpeace; los feminismos institucionales de las ONG, las diversidades sexuales de las marchas del orgullo— hoy son susceptibles de jugar del lado reaccionario de la balanza o de ser utilizados en nombre de la corrección política del mercado capitalista.
Que no quede títere con cabeza
Resistir/vencer/vencer/resistiendo/ ¡resiste! /vencimiento/aguanta/caduca/»resistiré»/
De ahí venimos también nosotras. Resistimos en pequeñas colectivas, en grupos que enarbolan las banderas de la identidad, con actos simbólicos, en gestos metafóricos. Con literatura y acciones artísticas callejeras. Algunas, las que corren con más suerte, resisten con performances pagadas en los museos del primer mundo, en las bienales artísticas. Otras, las más modestas, con silencios estéticos que tratan de imitar a nuestras valientes feministas del siglo XIX. Con huertos urbanos en Sopocachi, tejiendo bellas —y complicadas— estrategias de revolución molecular contra el biopoder foucaultiano. Reclamando por el reconocimiento simbólico de la identidad como el último reducto de la moral individual: hasta allí nos han arrinconado, al desenfado hiperpersonalizado. Hasta Stirner. Al menos tenemos bandas de punk y fanzines. Comida vegana y literatura.
Porque «lo personal es político», por supuesto, pero esta frase se repite tanto que a veces pareciera que fuera lo exclusivamente político: no porque sea el único espacio de acción posible, sino porque hemos aceptado que es ahí el único lugar donde podemos garantizar autonomía, autenticidad, feminismo, contracultura y todas esas cosas que valen la pena. Porque el grupo genera desconfianza, porque el sindicato es corrupto, porque el partido es una organización machista, porque la junta de vecinos es una asamblea de viejas dadas al chisme, porque la comunidad es corporativista y anuladora de la libertad individual. Porque lo indígena está bien solo para los indígenas. En las ciudades tenemos que ver por nosotras mismas.
Existe un discurso, hegemónico desde los ochenta, que resulta en un llamado a la sensatez para todos los «movimientos sociales». Lo que para el mundo LGBTIQ+ fue el VIH, para el Betamax fue el VHS; para la Teología de la Liberación fue Juan Pablo II; lo que para las guerrillas latinoamericanas fue la democracia representativa, para el mundo obrero fue la noción de «meritocracia» a la hora de explicar el éxito de los multimillonarios —porque ahora hasta da vergüenza ser pobre y obrera—; proceso acompañado además por un sinnúmero de gurús y sabios que achacan los fracasos personales a los pobres individuos, apartando la vista de las condiciones materiales de reproducción que impone el capitalismo —con la aparición de las redes sociales, la divulgación y éxito de tales discursos se ha disparado—. Como cuando estudias el transcurso intelectual de Fausto Reinaga: de marxista a indianista a amauta/sabio/mago levitando a tres metros de la comunidad, estos son también transcursos similares. Transcursos que van de discursos y acciones poderosamente disruptivos a discursos y acciones compartimentadas y reduccionistas y, otra vez, inofensivas.
Inofensivas.
Entonces tenemos, como resultado general y premonitorio de toda esa avalancha neoliberal —económica e ideológica—, que las organizaciones o movimientos sociales dejamos de lado nuestra posible radicalidad para enfocarnos en compromisos viables y horizontes modestos, a menudo redactados en precisos informes para la cooperación. Lo que se vivió en nuestra Asamblea Constituyente fue el resultado de ese afán de negociar, de equilibrar el poder del pueblo en la calle y en el parlamento con el poder de los militares y el capital de los empresarios privados de la Media Luna. Nuestro propio proceso colectivo de domesticación.
Lo que pasa es que quizás habría un tiempo en que estas posturas fueran indispensables y, porque todas somos hijas de nuestro tiempo, respondimos de tal o cual manera a las necesidades coyunturales. Pero el tiempo pasa y debemos detenernos a repensar qué funciona y qué solo se ha convertido en un adorno para el Museo Reina Sofía. Como el capitalismo andino amazónico, un original pero inútil concepto para la revolución.
En algún momento pareciera que hemos renunciado a transformar el mundo y que solo queremos ser recordadas como personas consecuentes, luchadoras, fuertes y todo eso. Pero eso ya no alcanza, dado el tamaño del desastre ¿Es que acaso resulta suficiente este heroísmo? Porque, aunque auténtico, autónomo, personal, bello, importante, resulta, hoy, decididamente insuficiente.
Del enfrentamiento como una de las bellas artes
Slavoj Zizek publicó un texto sugerente el año 1998: En defensa de la intolerancia. En pleno auge del neoliberalismo y la postmodernidad —con ideas como el multiculturalismo y llenando las vitrinas de la academia del primer mundo— se pretendía construir equilibrios y consensos alrededor del capitalismo, despolitizando la economía y reduciendo toda acción posible a términos simbólico-identitarios: es el momento de la invención de los «movimientos sociales», que dejan de buscar el comunismo —por intolerante y machista y autoritario y «narrativa totalizadora»— para pasar a buscar el Be safe: el estar seguras en el gueto y luchar por pequeños espacios de reconocimiento. Compartimentos estancos. Creativos y valientes, muy cuir y todo, pero aislados.
El camino que tuvo que recorrer gran parte de la humanidad desde la revolución rusa de 1917 hasta este momento resulta fascinante y frustrante a la vez, y está amenamente descrito en un reciente libro del español Daniel Bernabé. En La trampa de la diversidad, este trata de explicar cómo ciertos discursos progresistas como el feminismo, el movimiento antirracista o por los derechos LGBTIQ+ 6 asumen cada vez más un protagonismo exasperante y funcional al statu quo, al dejar de lado la madre de todas las batallas: la redistribución de los recursos económicos, en términos de Nancy Fraser 7: La lucha de clases.
Las agendas que prescinden de la lucha de clases serían, para Bernabé, la explicación del desencanto de las y los pobres con las izquierdas. Esto, a su vez. las haría presas fáciles de discursos de derecha. Como quien se muerde la cola, las y los trabajadores estarían oscilantes entre las promesas que les hacen las derechas y su explicación del desastre, otros pobres como ellas/ellos: «no tenemos dinero porque se lo dan en ayudas a las minorías»; que tiene su correlato xenófobo en el famoso «no tenemos trabajo porque los inmigrantes se lo roban», el caballito de batalla de todas las derechas europeas.
En contraste, para Zizek la política es el despliegue de las tensiones entre las voces autorizadas de la centralidad política y las voces marginadas por esa misma hegemonía. La paradoja Universal-Particular sería la dinamizadora de este conflicto y la disputa entre estos contrarios sería lo estrictamente político —en esto sigue a Jacques Rancière—. Cuando no hay polarización, cuando no hay claridad entre un afuera y un adentro, no habría política o esta se vería reducida. Sabemos que las posiciones que cuestionan la polarización política, o nos alertan contra ella, lo hacen sobre todo con respecto a las mezquinas disputas partidarias —luchas más alrededor de egos personales que en torno a sus respectivos programas de gobierno—. Estamos totalmente de acuerdo en esto último, pero debemos advertir que tal posición a menudo puede llevarnos a malentendidos. Porque, aunque defendamos el discurso de la tolerancia, el de la democracia —a menudo reducida también al fetiche del sufragio— y el pluralismo, etc., debemos reconocer la existencia de opuestos en disputa.
Este es el momento, desde la crisis económica mundial del 2008 y la pandemia del 2020, en que la economía del mundo ha llegado a números intolerables en términos de desigualdad. Los últimos datos de Oxfam nos dicen que en este sentido estamos cada vez peor 8.
Quizás la posmodernidad nos ha quitado la capacidad de indignarnos —o el derecho de hacerlo—. El famoso ejemplo de Lyotard sobre la imposibilidad de juzgar los crímenes del nazismo —porque todo sería relativo y dependería de dónde estemos mirando las cosas— pesaría aún sobre nuestro barniz civilizatorio. Pero nosotras sabemos que no basta tener un «punto de vista» para validar lo que se dice. No basta un sujeto situado para decir cosas relevantes. Lo principal es dónde está ese sujeto situado en las relaciones de poder y explotación del sistema: no es lo mismo un gran empresario mirando las noticias que una trabajadora del hogar viendo las mismas noticias.
No. No todos los puntos de vista valen lo mismo. Y en ese sentido, la construcción de la realidad implica, en un mundo tan injusto como este, saber quién está mirando/hablando/haciendo. Hay antagonismo 9 porque hay injusticia: hay marginadxs porque existen los mecanismos para marginar: y entonces hay política.
Un aporte local
Un concepto al que regresamos cada cierto tiempo es al que Elizabeth Monasterios llama Awca, cuya traducción en aymara más o menos sería adversario o rival. En un temprano artículo en Puntos suspendidos, una revista de fines de los noventa, ella reflexiona la dimensión estética del mundo andino: si el tinku aspirase a la superación de la rivalidad en un enfrentamiento ritual que restituiría el equilibrio, el awca no pretendería superar ningún término de oposición; más al contrario, sería «el lugar donde los contrarios conviven en lucha permanente, sin superar sus antagonismos». Este enfrentamiento entre antagónicos implicaría un reconocimiento de la existencia de tales opuestos. Una complejización de lo «real», una mirada que no le teme al conflicto o incluso a la confrontación.
Esta lucha, escenificada cada cierto tiempo, ya sea ritual, política o estéticamente —que es por donde apunta Monasterios—, podría inspirar una mirada menos conservadora en términos de búsqueda de restablecimiento de equilibrios. La revolución no entra en el esquema de la tolerancia o del equilibrio. Ya lo dirían las feministas radicales: «la no violencia es patriarcal», porque siempre se le exige paciencia, perdón y sabiduría a la que es violentada. No pues.
A lo largo de los sesenta se hablaba mucho de condenar la violencia de las guerrillas latinoamericanas. En esa época Hélder Cámara, teólogo de la liberación, reflexionaba sobre lo que él llamaba «la espiral de la violencia». La primera violencia sería la de la injusticia, la que obliga a la pobreza, las dictaduras, el imperialismo, etc. La violencia del pueblo sería la violencia revolucionaria, la que busca restitución de derechos, la democracia, el comunismo, etc. El Estado respondería con represión y así, la violencia no haría más que crecer. Por supuesto, él recomienda buscar la paz como el camino ideal de resolución de conflictos, pero no es ingenuo al condenar el conflicto en sí mismo.
Rechazar, negar o hasta censurar el conflicto tiene que ver también y sobre todo con descreer de la máxima marxista que establece que la lucha de clases, el antagonismo de las clases sociales sería la dinamizadora de la historia. Y en ese sentido sería profundamente reaccionario. Cuando se sucedieron las luchas del 2003 en Bolivia, con toda esa violencia desatada en las ciudades de La Paz y El Alto, la acción posterior de muchas ONG en el país fue la de trabajar alrededor de nociones como «el buen trato», sobre todo con adolescentes de El Alto. Una suerte de alertarnos contra otro brote de «salvajismo», incivilidad, etc.
Por supuesto, ansiamos la paz, la armonía, pero sabemos que esta no llegará sin antes erradicar aquello que pervive las desigualdades y la explotación: el capitalismo. Ni la equidad entre mujeres y varones, ni el fin del racismo 10 o la homofobia, ni siquiera la construcción de masculinidades alternativas —un tema que trabajamos ya casi diez años— podrán concretarse sin la superación de la estructura estructurante que es el capitalismo.
Pareciera que a veces escribimos o trabajamos como si ya todo lo malo se habría superado, confundiendo nuestros deseos y utopías con la realidad. Cuando las heridas de octubre del 2003 estaban frescas aún, nos invitaron a acompañar una velada por la paz en el Goethe Institut. Por ese entonces teníamos un dúo de música latinoamericana, y al subir al pequeño escenario recordamos al público, con nuestra insolente juventud, que no habría paz sin justicia y que todo aquello era prácticamente en vano, «un saludo a la bandera».
Rosa Luxemburgo decía: «Quien no se mueve, no siente sus cadenas». Bueno, la cosa es que la gente no puede estarse quieta y entonces…
Nuestra modesta reflexión
Habíamos participado de la destrucción de la ciudad el 2003, en la lucha contra el ALCA, pero como colectivas nos habíamos alejado de las soluciones propuestas por el movimiento indígena: la toma del Estado por medio de la participación en los comicios. Como era de esperar, nuestro discurso antiestatal nos lo impidió. Pero algo estaba mal entonces en la forma de ese alejamiento, en el carácter de ese alejamiento. Porque cuando pasó el golpe de Estado del 2019, muchísima gente, alguna muy cercana, respetada, inteligente, parte de ciertos espacios de «resistencia» no solo intelectual sino también activista, resultó del lado pitita de la historia. Algo de esa teoría y praxis que seguimos a pies juntillas se estaba prestando fácilmente de ser reaccionaria: porque no había podido prevenir que muchos y muchas se sumaran a las calles enarbolando consignas racistas, homofóbicas y misóginas 11.
Ante el shock, nuestra colectiva se puso inmediatamente del lado de las víctimas de Senkata, Sacaba y Huayllani. Subimos para acompañarlas. Lloramos con ellas ¿Cuándo nos habíamos alejado de la movida popular-indígena? Después de nuestro primer apoyo militante y colectivo a la campaña del 2005, como Almatroste, nos habíamos ido desencantando cada vez más de aquella institucionalidad, en nombre de nuestro punk-rock y sobre todo por el conflicto en el TIPNIS. Pero nuestras primeras intuiciones autocríticas al respecto nos llegarían el año del referéndum que perdió Evo Morales ¿Quiénes salían a las calles para reclamar cada 21F entonces? Doria Medina, Carlos Mesa y compañía: toda esa lacra neoliberal ligada al empresariado cruceño estaba empezando su retorno a los titulares de los diarios. No estaríamos nunca de su lado, porque éramos anarquistas, pero sobre todo teníamos conciencia de clase. Al final, quizás nunca dejamos de creer en la teología de la liberación, que nos obligaba a mirar a nuestro alrededor antes de decir o hacer cualquier cosa: nuestra opción por los pobres.
Por otro lado, si atendemos al trabajo de Luciana Jáuregui 12 sobre la historia de la Confederación Nacional de Mujeres Campesinas Indígenas Originarias de Bolivia «Bartolina Sisa» (CNMCIOB-BS), nos percataremos que en cierto momento el movimiento indígena tuvo que decidir entre dos posibles salidas: una más autonomista en occidente, con Felipe Quispe el “Mallku” como cabeza; y otra más electoralista, asentada en el Trópico de Cochabamba, el movimiento cocalero. Esta fue una lucha interna fundamental. En ese momento los que habían puesto los muertos a lo largo de la década de los noventa habían sido las y los cocaleros, y todos lo sabían. Ganaron aquella disputa por hegemonía política y las organizaciones indígenas aceptaron disciplinadamente el liderazgo de Evo Morales para encabezar el MAS-IPSP. Y como parece que el movimiento indígena tiene más vocación de poder que el movimiento obrero —la otra gran vertiente revolucionaria del país—, se presentaron a elecciones y ganaron en su segundo intento. A veces, este dato se nos olvida a la hora de valorar los procesos históricos que nos traen hasta aquí.
No podemos exigir sutileza y complejidad a la hora de entender las acciones de nuestras colectivas, nuestra pluralidad y diversidad, nuestras microrresistencias, etc., si al mismo tiempo homogeneizamos al movimiento indígena desde esa misma mirada, hasta moralista. Decir que los indios son utilizados como escaleras políticas por el proceso de cambio, por ejemplo, resulta profundamente racista. Reconocer que se equivocaron, que nosotras nos equivocamos, sería acaso algo más justo. Menos pretencioso. No estuvimos a la altura de los acontecimientos. Ni el MAS, ni nuestras colectivas.
Finalmente, a la luz de la autocrítica, nos parece que en este país —y en muchos otros de la región— hemos logrado lo hasta aquí logrado —que es por supuesto insuficiente, pero que no es poco para nada, como quiere hacernos creer todo el discurso de derechas— gracias al despliegue de una vasta pluralidad de acciones y tácticas. Gracias a la movilización en la calle —Zavaleta decía que en este país la política se decide en las calles—; gracias a la organización de doble cuño: autonomista y corporativista; y también gracias al correlato parlamentarista-democrático de estos años 13.
Apuntemos a la destrucción del Estado, por supuesto: pero no de manera ingenua —o hasta malintencionada—.
Apuntemos a la consolidación de redes autónomas de tinte popular, es nuestro mayor anhelo. Nos sumamos inmediatamente si no se romantiza la posibilidad de cambiar el mundo sin tomar el poder 14, sin participar en él; porque no venceremos rogando a los ricos y a sus ejércitos para que nos dejen existir, eso está claro. Y la salida ni siquiera es solo nacional; recordemos los grandes intereses de los poderosos Estados del norte global, fuertemente armados frente al posible desmantelamiento de los Estados del sur. Y el tiempo nos queda corto, crisis ambiental de por medio. Tengamos en cuenta todo esto a la hora de sostener la lucha. A la hora de imaginar vencer. Zizek decía en alguna conferencia que no le interesaba ya el momento de la revolución y la violencia y tal. Porque lo que resulta más importante al final es lo que sucede después de ese estallido ¿Qué haremos después? La apuesta es alta. O nos movilizamos en todos los frentes, con nuestro más amplio repertorio, o la siguiente derrota podría ser definitiva.
Reivindicamos ahora la creación y participación de/en distintas organizaciones, colectivas, sindicatos, juntas vecinales, partidos de izquierda, de trabajadores y trabajadoras, etc. Asumiendo nuestras especificidades identitarias feministas, de diversidades sexuales, indígenas, pero construyendo lazos poderosos entre todas, para golpear juntas. Y, sobre todo, sin dejar de lado la lucha de clases y el horizonte comunista 15. Esa es nuestra apuesta hoy, a la luz de lo vivido.
O perderemos esta guerra desatada por el capital contra la naturaleza, contra el trabajo, contra las pobres, contra todas nosotras. Realmente hoy es cuestión de vida o muerte. Siempre lo fue.
Bibliografía
Adorno, T. (2001). Minima Moralia. Alfaguara.
Antezana/Lima, C./F. (2024). Pluralismo, espectáculo y diversidades sexuales. En Pluralismos. Indagaciones sobre modos de conocimiento y existencia social. CIDES-UMSA.
Bernabé, D. (2018). La trampa de la diversidad. Cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora. Ediciones Akal.
Budgen, S., Kouvelakis, S., & Zizek, S. (Eds.). (2010). Lenin reactivado. Hacia una política de la verdad. Ediciones Akal.
Butler, J., & Fraser, N. (2000). ¿Redistribución o reconocimiento? Un debate entre marxismo y feminismo. Traficantes de sueños.
Cámara, H. (1970). La espiral de la violencia. Ediciones Sígueme.
Dorlin, E. (2018). Defenderse, una filosofía de la violencia. Hekht libros.
Fraser, N. (2008). Escalas de justicia. Herder.
Hardt, M., & Negri, A. (2002). Imperio. Paidós Ibérica.
Holloway, J. (2002). Cambiar el mundo sin tomar el poder. El significado de la revolución hoy. Herramienta.
Jáuregui, L. (2019). Las Bartolinas y sus tres ojos. Historia, identidad y conflicto social. Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia.
Saito, K. (2022). El capital en la era del Antropoceno. Ediciones B.
Salazar, H. (2021) “La estéril y agotadora polarización”, en https://zur.uy/la-esteril-y-agotadora-polarizacion/
Marx, K. (1985). El 18 brumario de Luis Bonaparte. Sarpe.
Zizek, S. (2003). El sublime objeto de la ideología. Siglo XXI.
Zizek, S. (2015). En defensa de la intolerancia. Desligamento.
1 César Antezana/Flavia Lima es parte de la Colectiva Almatroste (desde el 2004) y de la editorial artesanal del mismo nombre (desde el 2007). Conduce además el espacio radial Escena Salvaje, revista de cultura ácida en radio Illimani de la Red Patria Nueva, que se emite a nivel nacional en Bolivia (desde el 2021). Ha publicado los poemarios El muestrario de las pequeñas muertes (2009), Cuerpos imperfectos (2015), Masochistics (2017, Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal), Anjani (2020), Polímeros cuir (2021, segundo premio de poesía Franz Tamayo), Panfletaria (2023), Desiertos (2023, publicado en México) y Cuerpos, populacho y escritura (2023, publicado en Chile). Coorganiza el Festival Sudaka de poesía marica, lencha, trava, cuir y actualmente trabaja su tesis de maestría en Literatura boliviana y latinoamericana por la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), sobre el teatro barroco en Charcas. ⇑
2 Sebastián Moscoso había expuesto, en el mismo lugar (el espacio cultural LaBruta), semanas antes, sobre ecosocialismo, planteando la vigencia del marxismo a la hora de abordar el tema de la destrucción del planeta a manos del capitalismo. Todas estas intervenciones, incluidas las de Jorge Viaña sobre marxismo, Violeta Tamayo sobre feminismo socialista, Rafael Loayza sobre racismo, Luis Claros sobre pluralismo en Bolivia y Stasiek Czaplicki y su propuesta sobre agroextractivismo pueden rastrearse en la red. ⇑
3 «Todo lo que no pase por acabar con el capitalismo es bien intencionado, pero no puede evitar la catástrofe ecológica» (Saito, 2022, p. 35). ⇑
4 Al respecto, en el primer episodio de la séptima temporada de El maravillosamente extraño mundo de Gumball (cuyo estreno fue el pasado 28 de julio), nuestro protagonista dice, ya casi al final de una serie de desastres en su búsqueda de comer saludable con Darwin: «somos tan listos individualmente, pero tan estúpidos colectivamente», al referirse a cómo el monopolio capitalista de la comida (de todo el circuito) tiene sometido a su voluntad al pueblo estadounidense. Las salidas individuales no son salidas en el sentido estricto de la palabra: todo sigue cayéndose a pedazos a pesar de los esfuerzos aislados (o más bien, gracias a ellos). ⇑
5 Estos asuntos (sobre todo en relación a los derechos de las diversidades sexuales) están de alguna manera explorados en nuestro ensayo «Pluralismo, espectáculo y diversidades sexuales», publicado por el CIDES el 2024. ⇑
6 Esta es también la mirada que sostiene el libro Defenderse: una filosofía de la violencia de Elsa Dorlin. De ella también recuperamos el Be safe, una movida gay, blanca y segregacionista, que se aísla de otros grupos como punks, chicanos y afros a inicios de los ochenta en EEUU. ⇑
7 Suscribimos la propuesta de Fraser: luchar por redistribución económica, por representación política y por reconocimiento simbólico, en Escalas de justicia del 2008. ⇑
8 Un link directo a la página de la organización: https://lac.oxfam.org/desigualdad-2024/ ⇑
9 En un breve pero sustancioso texto, Huáscar Salazar nos ayuda a distinguir entre antagonismo y polarización. La primera sería el resultado de estructuras injustas; la segunda, la banalización de la primera, su reducción: una forma insuficiente de entender esa primera dicotomía. En este sentido podríamos asumir que el antagonismo estructurante es el capitalismo, el escenario para la lucha de clases; y que la polarización serían las proyecciones, casi fantasmagóricas, de esa primera ecuación: la disputa electoral dentro del sistema de la democracia representativa burguesa, por ejemplo (Salazar, 2025). ⇑
10 En la conversa sobre racismo de Rafael Loayza, nos quedó claro que el racismo es una de las consecuencias más hirientes de la desigualdad económica, de la pobreza. No desaparecería una sin la otra. ⇑
11 A contracorriente, recordamos con cariño un fanzine que circuló valiente esos días intensos, elaborado por nuestras hermanas feministas radicales, previniendo lo irreversible: «cuidado seamos más antimasistas que antifascistas». ⇑
12 Del libro Las Bartolinas y sus tres ojos. Historia, identidad y conflicto social, publicado el 2019. ⇑
13 Jorge Viaña tiene un excelente trabajo aún inédito sobre estos temas: revolución, autonomismo y Estado, y nos llama a reflexionar con valentía cómo asumir la idea leninista de la toma del Estado y la tradición marxista sobre la extinción paulatina de ese mismo Estado. Indispensable. El texto se llama: «El Estado y la revolución. Autogobierno social, movilización de masas, transformación radical del Estado: rupturas, puntos de inflexión y callejones sin salida». ⇑
14 Una narrativa presente en autores como el citado John Holloway (2002) y su Cambiar el mundo sin tomar el poder, que compartiendo de alguna manera la noción de “Multitud” con Negri y Hardt, responden a un determinado momento histórico: la postmodernidad, que nos parece ahora debemos superar. En este sentido, sugerimos publicaciones como Lenin reactivado. Hacia una política de la verdad, cuya primera edición data del 2007. ⇑
15 Citamos in extenso: «Sin duda, hay que reconocer el importante impacto liberador de la politización postmoderna en ámbitos hasta entonces considerados apolíticos (feminismo, gays y lesbianas, ecología, cuestiones étnicas o de minorías autoproclamadas): el que estas cuestiones se perciban ahora como intrínsecamente políticas y hayan dado paso a nuevas formas de subjetivación política ha modificado completamente nuestro contexto político cultural. No se trata, por tanto, de minusvalorar estos desarrollos para anteponerles alguna nueva versión del esencialismo económico; el problema radica en que la despolitización de la economía favorece a la derecha populista con su ideología de la mayor moral y constituye el principal impedimento para que se realicen esas reivindicaciones (feministas, ecologistas, etc.) propias de las formas postmodernas de la subjetivación política. En definitiva, se trata de promover ‘el retorno a la primacía de la economía’ pero no en perjuicio de las reivindicaciones planteadas por las formas postmodernas de politización, sino, precisamente, para crear las condiciones que permitan la realización más eficaz de las reivindicaciones» (Zizek, 2015, p. 74). ⇑
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