“Una política de artesana”
Entrevista a Zandra Loayza Pereira
Por Ara Goudsmit Lambertín 1
Resumen
Zandra Loayza Pereira, artesana y líder comunitaria camba-colla de Riberalta, narra su trayectoria desde la infancia en el río Mamoré hasta convertirse en defensora de la Amazonía. A través de su trabajo con semillas y el tejido de güembé, Zandra desarrolla una «política de artesana» que rechaza la corrupción partidaria para construir espacios de sanación colectiva entre las mujeres y el monte. Su testimonio revela cómo la artesanía es resistencia territorial, donde enseñar oficios es transmitir saberes de reciprocidad con el territorio. Desde su experiencia con las hermanas franciscanas hasta su liderazgo en asociaciones de mujeres, Zandra defiende una política comunitaria basada en la gratitud, el respeto y la construcción de alternativas para la defensa de la vida.
Palabras clave: Amazonía, reciprocidad, territorialidad, resistencia, artesanía.
Ara Goudsmit Lambertín: Ahora estamos con Zandra Loayza Pereira, sentadas en un callejoncito del centro de Riberalta 2. Bueno, Zandra, gracias por tu tiempo y disposición para contar tu historia. Las primeras preguntas van un poco para pensar quién eres: ¿Quién es Zandra?, ¿de dónde vienes?, ¿qué ríos te han visto nacer?, ¿de dónde vienen tus ancestros? Para que entendamos con quién estamos conversando hoy.
Zandra Loayza Pereira: Buen día, Ara. Mi nombre es, como lo has dicho, Zandra Loayza Pereira. Yo orgullosa, como digo, de ser camba-colla. Mis raíces vienen de dos personajes que yo admiro mucho: mi madre y mi padre. Mi madre habla el dialecto trinitario, nacida en San Francisco de Moxos. Mi padre era paceño, nacido en Coripata, Sud Yungas, y también hablaba el aymara y el quechua. Yo vengo de esos dos personajes que me han enseñado el valor de la vida y a luchar. Ambos fueron dirigentes: mi madre nos enseñó el liderazgo desde la comunidad, mi padre estaba muy dedicado a la política.
Yo nací en Santa Ana del Yacuma, y todo el río Mamoré lo hemos recorrido. En aquellas épocas, cuenta mi madre, mi padre era un perseguido político. Cuando lo apresaron, en época de Jaime Paz Zamora y Banzer, mi mamá lo tuvo que sacar en una bolsa de basura, lo metió en un deslizador y, con sus ocho hijos, lo sacó 3. Ella navegó desde Trinidad por las noches, porque la policía náutica rondaba los ríos. Todo el día permanecíamos escondidos en la orilla del Mamoré, y mi papá tendido, ella curándolo con medicina tradicional.
Así llegamos a la comunidad San Lorenzo del Mamoré, a dos días en motor de Guayaramerín —ahora ya hay carretera y se llega en seis horas—. Llegamos como a las diez de la noche. Yo lo cuento porque ya estaba grandecita: cuando mi madre, cansada de navegar y estar en el monte, pidió alojamiento a la comunidad, le negaron el acceso a una casita. Entonces mi mamá dijo: «entonces, déjenme quedarme aquí, debajo de un árbol». Era un mango y dormimos por dos noches, con mi papá enfermo, todavía recuperándose de la tortura. Luego la comunidad se reunió y nos pudieron llevar arriba.
Desde ahí nace ese coraje ante la injusticia y nace el aprender de la valentía de mi mamá, porque ella era joven 4. Ahí tuve toda mi niñez, en el río Mamoré. Ahí aprendí a nadar, a caminar en las playas, en ese río que es muy grave y también muy bravo. Mi mamá, en su búsqueda por que seamos mejores personas y recibamos educación, nos sacó de ahí. Yo tengo muchos recuerdos del bullying que nos hacían las chicas porque veníamos de otro lado y teníamos esos rasgos collitas. Nos decían: «las collas aquí, las collas tal». Éramos «las collas» por todos lados.
Cuando tenía doce, trece años, mi mamá seguía siendo líder de la comunidad, del centro de madres, y conoció a Cáritas de Guayaramerín, una fundación española que tenía recorridos por todo el río Mamoré. Cuando recibimos la visita de las hermanas franciscanas, yo comencé a interesarme por esa vida. Tal vez en mi interior quería seguir ese camino, pero tal vez también era una forma de salir de ese lugar. Y dije: «mamá, yo quiero irme con las monjas», a los trece años.
Me fui con ellas a estudiar. Estuve ahí a los trece, catorce, y cumplí mis quince años en el convento, lo cual fue muy difícil para mí. Yo venía de una comunidad campesina donde tenía que levantarme todos los días a luchar, luchar, luchar; entonces tenía mucha soberbia, mucha rabia. Siento que les costó inculcarme otros valores, que yo me encontrara a mí misma. Recuerdo que llegué con mucha rabia, con mucha energía negativa tal vez, pero sí muy valiente. Ahí aprendí muchas cosas, me enseñaron a canalizar mi energía porque creo que veían un gran potencial.
Estuve hasta los quince años. Ya estaba decidida a seguir ese camino, pero hay veces que no salen las cosas como una las quiere. Fue un año difícil cuando tuve que salir del convento. Yo decía: «quiero ser maestra», pero las monjitas viajaron por tema de salud, se fueron a lo que llaman un año sabático. En ese año, Cáritas entró en una crisis grande y cerró. La hermana superiora se fue a España, la otra hermana que estaba encargada de nosotras se cayó de la moto, se quebró la clavícula y se fue a Cochabamba. Ya no había quien se quede con nosotras. Éramos cinco chicas, entonces nos dijeron: «van a tener que irse a sus casas y, cuando regresemos, volvemos otra vez». Pero cuando regresé a mi casa, me encontré con otra barrera más grande.
Mi mamá tenía otro esposo y la pelea fue con él. Decidí irme para no estar aguantando, para no hacerla vivir mal a mi mamá, para no pelear con su esposo, porque era muy atrevido —los padrastros nunca son buena gente, hay raros que sí—. Me fui a Riberalta a los dieciséis años. Allí entré al colegio Alberto Natush y empecé a vivir sola, a trabajar. Ahí encontré a mi pareja actual, ahora tengo cinco hijos.
Ha sido difícil criar cinco hijos, pero yo, con esa inquietud que tengo, en cada barrio donde iba siempre organizaba. Cuando los barrios estaban en crecimiento, organizaba para que la luz llegara a nosotros. En la Villa faltaban kilómetros para que llegara la electricidad, y con todo el barrio nos organizamos hasta que la luz llegó, hicimos limpiar calles. Todas esas inquietudes que me movían, esa necesidad de tener servicios básicos, ahí he venido luchando, siempre con la familia.
Cuando tuve a mi tercer hijo, sentí la necesidad de terminar mis estudios. Me metí a un alternativo aquí y saqué mi bachillerato. Luego quería seguir estudiando una carrera universitaria, pero las circunstancias de la vida, la crisis, y tal vez priorizar a los hijos —que tengan mejor educación, mejores cosas—, una se va olvidando como mujer, se va olvidando de uno, es verdad, pero siempre he querido superarme. Ahora tengo la satisfacción de decir que ellos están en su propia lucha, que se les ha enseñado a luchar, a valorar la vida, pero yo sigo también creciendo, aprovechando oportunidades de aprender, de capacitarme, para la economía de una misma y de ellos.
Como familia nos pasó una situación muy trágica que marcó nuestras vidas, hace unos once años. Mi hijo mayor estaba por salir bachiller y tuvo un accidente gravísimo, fracturas de cráneo, casi pierde la vida. Nos marcó duro porque, como no teníamos posibilidad económica de llevarlo a otro lado, tuvimos que vender la casa para costear la operación en Cobija. La primera costó casi treinta mil bolivianos, la segunda un poco menos de veinte. Para estas dos operaciones grandes tuvimos que deshacernos de la casita. Hemos tenido que estar de aquí para allá en diferentes barrios, pero donde he ido, siempre he estado organizando a las mujeres para trabajar y llevar mejoras al barrio. Yo creo que el liderazgo lo tiene uno por dentro, porque así siempre he estado: con mis amigas, vecinas, mejorando las calles, mejorando la luz, buscando proyectos por la inseguridad ciudadana y por tantas cosas.
Ara: Zandra, tú eres una mujer que, además de líder, también eres artesana.
Zandra: ¡Ah, sí!
Ara: Si me puedes contar un poquito cómo has aprendido este oficio y qué es hacer una política de artesanas. Por ejemplo, la artesanía podría ser vista como un mecanismo de mercado, de venta, sin embargo, quisiera saber si tú encuentras una relación entre hacer política, cambiar el mundo, creer y crear un mundo en el que tú vives y, a la vez, ser artesana.
Zandra: Esa es la parte más hermosa que me gusta de mí, creo que es la artesanía. Yo me comparo: las mujeres somos como las semillas, somos creadoras de vida; las semillas, igual, sea donde sea, una semilla nace, sea con mal tiempo, con buen tiempo. Las mujeres tenemos esa energía y florecemos desde el lugar donde estemos.
Pese a toda esta historia que te estoy contando, en busca de mejores días para mi familia, he sido quebradora de almendra, he sido lavandera de ropa, he sido cocinera en las empresas aquí donde se procesa la almendra, empleada doméstica. Pero el trabajo es duro y muy sacrificado. Cuando tú trabajas afuera, tienes que dejar a la familia, a los hijos, llegar y seguir trabajando. Cuando una señora trabaja afuera es durísimo para toda mujer.
Mi madre, siempre, yo miraba que ella, a pesar de que se dedicaba al campo, tenía sus raíces y nos hacía recoger los cuernos de las vacas, las tutumas, las semillas, pero desde su conocimiento. Cuando tuve a mi cuarto hijo, ya sentí que no tenía la fuerza de dejar a mis pequeños y seguir trabajando, y empecé a explotar este conocimiento que me había dado mi mamá. Ahí comienzo primero con la bisutería, ahora sigo haciendo bisutería de semillas. No tenía las herramientas, no tenía cómo perforar las semillas, pero siempre manualmente las hacía y era difícil.
Ahí comienza una historia muy bonita. Hace más de veintidós años, vine para acá a la plaza principal donde había una feria para el 6 de agosto, y conocí a nuestra compañera Guadalupe Castro, nuestra presidenta fundadora de lo que es ahora la Asociación «Semillas de oro», a la profesora Victoria Lora y a la señora Hortensia Aramayo. Estaban ahí esas tres mujeres, solo tres, hace veinti-tantos años atrás, con artesanías de la región, con coco de castaña, con sus collares. Cuando yo llegué: «guauuu, qué belleza», primera vez que las había visto ahí.
Empezamos a tener una charla muy bonita con ellas, pero como no había teléfono ni nada, yo le dije a la señora Lupe Castro:
—Yo quiero aprender.
—Ya —me dice, muy amable nuestra Lupita, dándome su dirección.
Ella ya tenía más elaborado. Yo le preguntaba:
—¿Cómo lo hace, señora Lupe? Yo quiero aprender. Mire, yo también hago collares, pero no me salen tan bonitos como los de usted.
—¿De verdad, tienes? —me dijo.
—Tengo.
—Y, ¿qué clase de semillas tienes? —me preguntó.
—Ah, yo tengo sirari.
—Yo tengo esto.
Empezamos así.
—Ya, a ver, trae tus semillas
Pasaron dos años para que yo fuera a su casa, no fue tan pronto. Buscando, no había el tiempo, o tal vez no lo quería sacar, hasta que fui a su casa y me empezó a indicar. Me dio solo dos clases.
—Mira, esto se hace así, aquí y aquí.
Y me fui. De ahí comencé a darle más seguido, más fluido, empecé también a elaborar ciertos adornos con el coco de la castaña.
Como yo digo, siempre en los lugares donde una mujer se encuentra, —ya sea lavando, cocinando—, ahí en mi barrio, en el barrio Integración, teníamos un lugar que se llama «los pauros», donde nos juntábamos los fines de semana con muchas mujeres a lavar ropa. Una de ellas me dijo:
—Doña Zandrita, le cuento que allá hay un grupo de mujeres por el centro que están tejiendo el bejuco güembé, ¿no quiere ir a mirar?».
—Claro, vamos, ¿cuándo va a ir usted?
—Me han invitado, pero usted sabe que mi marido no me deja.
Siempre la excusa de que los maridos están ahí impidiendo que la mujer crezca.
Yo fui, y justamente era la asociación de la cual he sido parte y presidenta fundadora, ABC, que significa «Asociación Boliviana para la Cultura». Efectivamente, estaban aprendiendo a hacer tejido en güembé.
—Yo quiero participar de su grupo, ¿qué tengo que hacer? —les dije.
A veces las mujeres somos un poquito celosas y mezquinas, algunas, no todas. Me fui donde un compañero orureño, Sandro Canqui, que estaba como técnico en la organización. Él me inscribió, me dijo los horarios: había dos grupos, uno por la mañana, otro por la tarde. Yo elegí el de la tarde y empecé a trabajar directamente.
Me costó dos semanas aprender a hacer una canasta, pero no porque no haya aprendido a querer hacer, sino que las compañeras me decían:
—Las que han llegado último, tienen que esperar su turno.
Eran como quince mujeres, y seguía esperando. Al siguiente día, mi marido me llevaba otra vez.
—Llévame
—¿Qué has aprendido?
—Nada.
Así era. Empecé a lijar el bejuco… y aquí quiero contarte un poquito.
El güembé es una liana o bejuco que crece mucho en la Amazonía paceña y en la Amazonía beniana, tenemos bastante. La verdad no sé su origen, quién de acá de los compañeros lo habrá descubierto, pero es un material buenísimo, excelente. Es una liana que crece en los árboles del castaño, de la tipa, de los almendrillos, y si el árbol tiene veinte o treinta metros, allá crece y es un bejuco que llega hasta el suelo.
Pero también ahí te tengo que aclarar que es una liana que se la tiene que sacar del árbol, ¿por qué? Porque ella consume bastante humedad y cuando el árbol se forra del bejuco güembé, todo se viene hacia abajo, y él comienza a chuparle el agua al árbol, y termina muriendo y se cae. Entonces, tenemos que hacer ese aprovechamiento nosotros, de sacar la liana para que el árbol pueda vivir —al menos se da en los árboles maderables—. Tenemos mucho acá en el arroyo Florida, en el Prado, en las alturas, tenemos bastante bejuco güembé.
Empecé a trabajar ahí con ABC. A las dos semanas hice mi primera canasta, y me encantó el proceso, que es bien complicado, pero cuando uno se familiariza, o cuando le gusta, es fácil. Ahí fue que comencé mi vida más de liderazgo, más de organizar grupos.
A la tercera semana me dice el técnico:
—Señora Zandra, veo que usted ha aprendido muy bien el tejido del güembé ha sido la que más ha aprendido. —De las quince mujeres que habíamos, quedábamos cinco no más ya—. ¿Le gustaría enseñar a otras mujeres?
—¿De verdad?, le respondí.
—Mire, hay un presupuesto para comprar cuatro arrobas de bejuco, la arroba cuesta sesenta bolivianos, y para que usted no tenga problemas de traslado, se le paga doscientos bolivianos para cubrir su taxi, es un incentivo.
Llegué y le conté a mi pareja.
—Mirá, me han hablado, pero lo voy a tomar, para empezar, voy a hacer un grupo aquí en Integración.
Hice un grupo de veinte mujeres en mi casa, en el patio venían las mujeres a aprender a tejer, y fue el mejor grupo. Hemos tejido, hemos sacado cinco diseños, pero mirá: había mujeres que nunca habían visto el güembé, pero al darle tú ese conocimiento de que se puede hacer, ellas han creado nuevos diseños entre mis alumnas.
Entonces me dijo:
—Buenísimo!, ¿por qué no se va a otros barrios?
Me fui al barrio de la Villa, ahí hice otro grupo, me fui al barrio 11 de Octubre, hice otro grupo, al barrio El Cerrito. Mis fines de semana, te digo, yo ya no estaba en casa, estaba pasando clases con las compañeras. Trabajé así unos cuatro años, pasando clases del tejido güembé. Las compañeras eran muy numerosas, no alcanzaba el material, cuatro arrobitas para veinte personas que empezaban a tejer era muy poco. ¿Qué hicimos? Les dije:
—Bueno, no podemos pedir más, ¿por qué no hacemos alguna actividad?
Entonces, organizábamos bingo, hacíamos una rifa, y con ese dinerito comprábamos material. Hacíamos comida, majadito, refresco, vendíamos y estábamos comprando material para que ellas sigan trabajando.
He visto que muchas mujeres —no todas— han logrado empoderarse de ese conocimiento, y se han dedicado a elaborar escobas, sombreros, todo eso; con eso ya ingresa el dinerito para mejorar la economía de las familias. Esa es una parte que me gusta de enseñar.
Ya combinando el saber tejer, el hacer bisutería de semillas, se fue ampliando mi conocimiento en la artesanía. Pero también, en cuestiones de hacer otras artesanías, tuve muchos problemas porque no tenía las herramientas: para las orejeras, las argollas… ese material no llegaba acá.
Tuve la oportunidad de viajar con ABC a Cochabamba, y les dije a las compañeras: “¿Por qué no trabajamos una semana y yo llevo ese material allá y lo vendo, y de allá traigo nuevamente lo que acá no se consigue?”
Trabajamos una semana, y mirá, trabajamos paneras grandes, sombreros, de todo trabajamos, teníamos una feria a nivel nacional, y de verdad, no es por alabar, pero fue una sensación llevar este material a Cochabamba, todo lo vendí. En esa época traje como 2500 bolivianos y era harto, era harta plata en esa época. Ahí traje la primera perforadora de semillas eléctrica, que nos costó ochenta bolivianos, era caro. Bien pequeñita. Traje orejeras, traje ganchillos, traje argollas, la perforadora, algunos hilos para tejer. Con ese poquito ¿qué hicimos?, volvimos a hacer, aquí vendimos y volvimos a juntar dinerito, y mandamos allá para que nos manden. Todas esas cositas hicimos.
Ara: Yo sé que a ti te han ofrecido en reiteradas ocasiones participar en la política, del Estado oficial, ser candidata, y tú has rechazado esas ofertas. Yo quería preguntarte por ese rechazo, ¿por qué has rechazado estas ofertas de ser candidata y por qué prefieres hacer política de otra forma?
Zandra: Interesante. Mirá, sí. Por varias ocasiones sí me han ofrecido, y desde mi punto de vista, desde mi forma de pensar, veo que no hay mejor política que la que tú haces en bien de la mujer, de tu barrio, de tu comunidad. He rechazado, ¿por qué? Porque considero, y he visto, que esta política partidaria del Estado está muy corrupta, la corrupción te llega, y el manoseo a la persona, el desprestigio a la persona. Eso no me gusta.
Para mí, esta política que viene del gobierno te hace inhumano, te hace perder el ser humano que tú eres. Ahí te vuelves cuerudo, te vuelves mentiroso, te vuelves hipócrita, te vuelves insensible hacia lo que está pasando tu gente, tu comunidad, tu ciudad, tu barrio. Ahí, lo que te interesa es recibir el dinero. Creo que yo no, no soy de esas personas que están dispuestas a perder todo lo que me han inculcado, el cariño a la gente, el trabajar por las mujeres, por mi comunidad, por mi barrio; por unos cuantos centavos.
Yo estoy convencida de que, si nosotros hacemos esta política buena, esta política de amor al prójimo, de enseñar, de buscar que las personas tengan una fuente de ingreso para la familia, no hay nada más gratificante que eso, y vamos a crecer. Yo estoy dispuesta y creo que vamos a crecer con esta forma de política que se encuentra en las asociaciones, en las federaciones de mujeres, en las artesanas, en las que trabajan en el mercado, en las lavanderas. No me arrepiento de haber rechazado y, he dicho: tengo bien firme lo que yo quiero ser, no quiero yo llenarme de plata los bolsillos a costa del sufrimiento de la gente, de mentir al pueblo, de mentirle a mi Bolivia, prefiero trabajar acá el trabajo de hormiga, aunque muchas veces no lo vemos nosotros.
Las autoridades no lo ven como una política buena, porque estamos acostumbrados a traer un montón de cemento. Cuando te construyan, aunque no se utilizan las cosas, y mal hechas las carreteras, que se están fregando todas, si no traes cemento, la gente no está viendo el trabajo que vos haces.
Aquí quiero comentar esto que se me estaba pasando: cuando tú haces también artesanía y enseñas a la mujer, no es no más ir a trabajar, creamos un espacio de convivencia, de conversaciones, de charlas, de contar tu tristeza, tu dolor, de contar tus problemas, y vamos trabajando, y parece que el dolor se va yendo y la preocupación se va saliendo. Cuando tu compartes y trabajas, al mirar las semillas, seleccionar el material, recolectar, hacer un diseño, no es no más un espacio de sentarte y perder tiempo, es de llenarte, de sacar lo que te duele, de sacar lo que te preocupa, y nosotras como compañeras, un abrazo, es decir: estoy aquí contigo, no estás sola. Es como que te vuelve esa energía positiva para que la mujer siga trabajando, siga resistiendo.
Por eso es que yo digo no, no a la política partidaria, porque es demasiado el manoseo que le hacen a las personas, cuando la invitan. Es como exigirle que hagan las cosas malas, que se vuelva inhumano, y eso es lamentable, eso vemos. A diario vemos cómo se están peleando por los cargos políticos, por los cargos públicos. Una vez llega al cargo público, se convierte en otra persona, ya no es esa persona que era humilde, que era trabajadora, se convierte en otro ser humano, que se olvida de su gente, que se olvida del dolor, que se olvida de dónde ha salido. Muchas veces nosotros ponemos a un representante pensando que es una persona digna, es una persona que va a resistir, pero termina siempre al otro lado.
Como mujer, tú tienes que tener mucho ovario para enfrentarte a un montón de compañeros que están ahí y son viciosos, y saben cómo moverse en ese tema político. Somos muchas mujeres y muchos hombres, que cuando nos ofrecen ocupar un cargo —sea de diputado uninominal, concejal, o alguna representación que tengamos—, no nos van a dejar ejercer. No te van a dejar trabajar por tu región, por tu pueblo, por tu gente. Lueguito parece que te condicionan:
—Tú estás aquí por mí.
Hombres y mujeres aceptamos a la primera sin saber dónde nos estamos metiendo, sin conocer ni una pizca de lo que es el trabajo, que tienes que hacer como representante. A veces lo aceptamos por recibir la ficha 5, sin tener el conocimiento de qué es el sufrimiento, aceptamos por aceptar, porque sabemos que vamos a recibir los siete mil, once mil bolivianos que nos llegan y ya.
Si yo me meto a la política y no trabajo por mi gente, ¿qué es lo que estoy haciendo? Estoy siendo una chupasangre: alguien que es solamente recibir el dinero, está bien, panchota.
Ara: ¿Bajo qué circunstancias aceptarías tú ser candidata a algo?
Zandra: Creo que no. Creo que no, porque yo estoy convencida del lugar donde yo estoy trabajando, desde mi territorio, desde mi comunidad, desde mi propio territorio que es mi cuerpo, que soy yo, estoy trabajando bien, con las mujeres. He visto hartas mujeres que estamos con este pensamiento, que se puede hacer política de la buena, de la limpia, de la sana, sin pertenecer a un color político, sin pertenecer a la derecha, a la izquierda, donde quiera que ellos se pongan, y lo estamos haciendo, y vamos a seguir haciendo esta buena política.
Ara: Pensando en los suelos que nuestros pies pisan, en Riberalta, en el Beni, en la Amazonía, ¿cuáles son las discusiones más importantes que deberíamos estar teniendo ahora y que están eclipsadas por el cemento, o por el partido? Pero para ti, ¿cuáles son estas cosas fundamentales que deberíamos estar conversando y discutiendo colectivamente?
Zandra: Lo más importante —y que lo estamos matando, lo estamos destruyendo— es nuestros ríos, nuestra selva, nuestra tierra. La gente nos está saqueando, sacando la madera, y al sacar la madera no viene y se lleva un aliso, un almendro, una mara, no. Se lleva muchas plantas medicinales, se lleva semillas, se lleva todo lo bueno, lo mata todo lo bueno, nos deja vacíos, nos deja destrucción.
Nuestros ríos están contaminados, sacando oro por todos lados, no hay un control. Nuestro gobierno —lastimosamente— no está poniendo atención a lo que realmente tenemos, nosotros, como Bolivia, que es la Amazonía, que son nuestros bosques, nuestras tierras, nuestros ríos, nuestros animales. Han venido incendios, han venido inundaciones y estamos más pobres. Nuestros bosques están gritando que hagamos una pausa, que ya no entremos a cazar, que no entremos a tumbar, pero no estamos escuchando, estamos sordos.
Eso es una parte importante como asociación de artesanas que estamos acá en Riberalta, estamos siempre protestando para que no entren estas empresas, que no entren a saquearnos, que no entren a contaminar el aire, el agua, pero no estamos siendo escuchadas.
Bolivia entera debería sumarse, porque no somos nosotras no más, hay muchas mujeres que estamos con la misma lucha, que es defender nuestras tierras, defender nuestros bosques, defender nuestros animales que tenemos. Pero parece que la empresa es más importante. El ser humano quiere llenarse de plata los bolsillos. Vienen, dan trabajo a dos, tres, cuatro familias, pero a costa de qué, a costa de nuestra selva.
Ya no tenemos muchas maderas, por ejemplo: el cedro, la mara, el tumi; hay muchas que se están desapareciendo. Pese a que hay una ley —como dice— el papel todo lo aguanta. Un empresario tenía que tumbar un árbol y plantar diez, no se está cumpliendo, ni siquiera uno plantan y siguen sacando. Nuestras autoridades, incluso locales, están más preocupadas en seguir su carrera política, en pelearse con otro político, a ver quién pega más fuerte, quién insulta más fuerte al otro, quién denigra más al otro, pero no estamos tomando en serio lo que realmente tenemos.
Ara: Tú, como mujer que organiza a mujeres, que organiza a barrios, que organiza posibilidades, ¿cómo imaginas ciertos espacios donde esto pueda ser contrarrestado? Lo que llamaríamos «soluciones», aunque es algo muy complejo, ¿cómo imaginas hacer frente a todo esto?
Zandra: Mirá, tenemos una ley de protección a la Amazonía y podemos empezar por hacer cumplir. No podemos ir contra los gigantes que son los empresarios, pero sí podemos exigirle que se cumpla la ley, y que ellos comiencen a reforestar todo, a reparar el daño que están haciendo a nuestra selva, y eso se puede.
Yo digo que se puede, ¿por qué? Mirá, tengo yo un lugarcito donde yo cada año siembro mis plantas maderables y mis plantas frutales, yo no voy a ver mi mara, mi cedro tan grande, pero estoy dejando para que mis nietos, para que mis hijos conozcan. Es lo que ellos pueden hacer, podemos hacerlo. Además, ellos tienen el dinero, tienen cómo pagarlo; pero es que no se han puesto a pensar, en dejarles un futuro mejor a sus nietos, a sus hijos.
Podemos hacerlo, tenemos que hacer cumplir las leyes y tenemos que trabajar más de la mano de las comunidades, la gente del campo, tenemos que ser su amigo, no su enemigo. Y tenemos que empezar una forma de coordinar nuestros trabajos, de coordinar este aprovechamiento que tenemos acá.
Dicen:
—El Beni es rico.
Sí, pero si no lo cuidamos, no tenemos un plan de manejo, de reforestación, un plan de armonía con la naturaleza, ¿qué estamos haciendo? Hay que decir:
—Mirá, me estás dando, yo te tengo que dejar algo a ti.
Eso es lo que tenemos que hacer, tenemos que ser conscientes y reconocer:
—Tú me das, yo te puedo dar.
Y dejar semilleros. Es igual que la vida: uno tiene hijos, está dejando semilleros. Igual es la tierra: hay que dejarle, no es no más saquear y saquear y saquear, pero ¿qué le damos a cambio? Dejarle a ella, a la tierra nuevamente.
Eso también lo he visto en nuestros líderes, tanto campesinos como indígenas, no todos, pero muchos están viendo siempre esta parte económica. Y sí, porque todo empresario que llega a una comunidad no llega a entrarse y a sacar; primero pide permiso a nuestros líderes, a nuestros compañeros. Yo creo que ellos están socializando a lo que van, y ahí es donde estamos fallando. Nosotros como dueños de nuestra tierra, estamos fallando también. Tenemos que pararnos firmes y, decir:
—Bueno, trabajemos, pero dejemos semilleros, si sacamos diez árboles, dejemos diez árboles.
Entonces, tenemos que reflexionar: como dueños de la tierra, somos nosotros quienes estamos permitiendo que nuestras riquezas naturales se lo lleven los empresarios.
Ara: Para todos estos caminos de lucha que tú has tenido, desde Santa Ana del Yacuma, hasta San Lorenzo del Mamoré, pasando por Riberalta, Guayaramerín, y ahora la comunidad Antofagasta, ¿cuáles han sido tus principales personas, espacios, lugares, que te han enseñado a luchar con alegría?
Zandra: Voy a empezar desde atrás. Admiro mucho a una líder mujer, riberalteña acá, que es doña Consuelito Castedo 6. La conocí desde muy chavita yo, cuando ella empezó por la lucha por la tierra-territorio de las mujeres empatronadas, es una mujer de lucha, es un ejemplo que tengo a seguir.
Yo diría, mi mamá también, donde ella ha estado, ha sido una mujer líder. Me gusta también Julieta Paredes. Me gustan las mujeres de lucha, porque tienen ese compromiso desde muy dentro, de luchar: por lo que uno quiere, lo que uno ve que es bueno, lo que uno ve que es rescatable.
Ara: Y, ¿qué es lo que tú quieres?
Zandra: Bueno, como líder, como mujer; yo quiero que las voces de las mujeres amazónicas sean escuchadas. Yo no pido por mí, yo pido para mi territorio, para mi comunidad, yo pido para Riberalta, para el Beni, para Bolivia. Es un pedido que no es no más mío, pero a través de mí, yo quiero que mis voces, nuestras voces, se escuchen, y si el gobierno no está dispuesto a escuchar, otras instituciones, organizaciones, más afuera, tal vez nos puedan escuchar este pedido: que le pongamos atención a la Amazonía, a nuestros ríos —es lo más bonito que tenemos— que es la riqueza más grande que tenemos, que cuidemos.
Quiero que nuestras voces lleguen más allá. La voz de señora Consuelito Castedo, que ella es una mujer que lucha. En mi comunidad hay muchas mujeres como yo, pero tal vez no tenemos la oportunidad de venir a hablar, pedir; nuestro sentir, nuestro luchar, y nuestra preocupación es que no estamos dejando nada a nuestro futuro, a nuestros hijos, nietos. Estamos destruyendo lo que nosotros tenemos, estamos viendo cómo nuestra medicina se está muriendo, cómo nuestra sabiduría se va muriendo allí con ella. Nuestra salud, nuestra vida, todo se va muriendo con nuestra selva.
Ara: ¿Cómo funciona esto de que las mujeres no son escuchadas, aquí en Riberalta, en Antofagasta, de que no existe esa oreja, esa atención, a tu voz y a las voces de mujeres?
Zandra: Nos escuchan, pero no nos oyen. Unas mujeres están pidiendo que se pare esto de sacar la madera, que estamos ahí gritando, que no entren a saquearnos, pero dicen: “Son pocas mujeres, el resto está conforme”.
Ahí nos falta un poco de unidad a todas las mujeres; de las comunidades, de aquí mismo de Riberalta y poner un alto.
Ahora con un teléfono a la mano, podemos llevar información a todos lados. Y también, no estamos aprendiendo a hacer una buena denuncia para demostrar los atropellos que se están cometiendo en las comunidades. Otra cosa que yo veo es que la crisis económica está demasiado grave. Se vienen más crisis todavía, y es por ahí por donde se nos está atacando, por el hambre, por la falta de trabajo.
Nosotros somos productoras en la comunidad, y a veces veo tanto trabajo en venir a vender y regatear mi trabajo. Esa falta de conciencia de que el trabajo de la mujer campesina, del hombre campesino, es sacrificado y venimos hacia acá y no tiene un valor. Nos están atacando por el hambre de nuestra gente, por no tener cómo vender mejor nuestros productos.
Nuestras voces son calladas porque vemos la necesidad de nuestros pequeños, y a veces preferimos que nuestros pequeños, nuestros hijos, coman, a seguir denunciando. Pero esa es temporal, para el día, de conformismo. Estamos débiles por ese lado.
Ara: Para fortalecer ese lado, para nutrirlo y darle energía, para saber que la selva y los ríos son como gente…
Zandra: Exactamente.
Ara: Como personas, tienen su propia vida, tú que eres artesana y trabajas con estos seres, para nutrir esta relación, que no solo es utilitaria, sino es de amor y cariño, ¿qué se puede hacer?
Zandra: Mirá, nosotras, como «Semillas de oro», hemos encontrado una forma de aprovechar lo que nos da la naturaleza, pero sin dañar, sin destruir, hemos llegado a demostrar que, aprovechando los cocos vacíos de la castaña, las raíces, los árboles caídos, nosotros mantenemos a la familia. Yo te puedo decir que, con mi trabajo he ayudado con los estudios de mis hijos. Hemos encontrado esta forma de trabajar, sacando y respetando, es más el respeto. Porque nuestra Madre Tierra está gritando, está pidiendo ese respeto, y está cansada también.
Mirá, cada año nos quejamos de que hay menos almendra, ¿por qué tú crees que es eso? Y va a haber menos, porque la estamos incendiando y se nos está muriendo, se nos están muriendo los insectos, todo.
Es la conciencia de todo empresario que ellos se tienen que poner en la mente de que el dinero no se come, no vamos a comer la moneda, no. Si ellos, como empresarios, tuvieran esa conciencia de decir: “Saco lo que yo necesito y devuelvo», entonces vamos a vivir más en armonía. Pero la mente del hombre empresario es ambiciosa: «Lo saco hasta terminarlo». El querer tener más dinero, más dinero, es lo que nos está matando. El tener lujo es lo que nos está llevando a destruir lo más grande que tenemos.
Lo que yo llamo es a la conciencia a los empresarios, no podemos comer dinero, fierro, autos, todos esos lujos que ellos se dan, no podemos nosotros alimentarnos de eso. Pero sí podemos vivir sin tanto lujo y podemos hacer que nuestra Madre Tierra siga viviendo y dándonos. Pero es esta ambición de la mente del hombre que nos está destruyendo, y tenemos que cambiar.
Ara: Para ti, ¿qué es la conciencia? Tú hablas harto de que hay que ser conscientes, de sacar y devolver, de la reciprocidad, pero ¿qué es ser conscientes?
Zandra: Mirá, va del respeto. Yo te voy a dar un ejemplo. Cuando yo tengo que ir a sacar una medicina tradicional para mi familia o para mí, yo no voy y digo: «esto me sirve», y ta-ta-tá, lo corto. No. Yo, con todo respeto. Cada planta tiene un espíritu bueno, entonces pedir permiso. Yo te pido permiso, porque yo quiero que tú me des tu medicina, y contarle: «mirá, yo estoy enferma, tengo esta dolencia, yo sé que contigo, una parte de ti que me voy a llevar, yo sé que me voy a curar, y no te voy a matar, no te voy a dañar más, yo quiero que me des una pequeña parte, para yo estar bien».
Esa conciencia de tener respeto. Esa conciencia de tener que el monte sufre, aunque no queramos nosotros, las plantas tienen espíritu y tienen voces, pero silenciosas. Si tú te adentras, si tú te concentras, tú vas a sentir que la naturaleza te cuida, que la naturaleza te protege, que te llena de una energía tan positiva. Yo creo que es esa la conciencia: si yo te necesito, para yo estar bien, ¿por qué te tengo que destruir?, ¿no? Ahí está esa conexión de conciencia, el sentir que yo estoy vivo por ti: tú me das sombra, tú me das aire, tú me das medicina, tú me das el bienestar. Entonces, ¿por qué yo te tengo que destruir?, ¿por qué no te tengo que cuidar, más bien?, ¿no?
Ara: La conciencia parece relacionada con la gratitud…
Zandra: Exactamente.
Ara: Con saber que no estás aquí por ti solito…
Zandra: Exactamente.
Ara: Sino por una red de relaciones que te sostiene. A ti, ¿quién te ha enseñado a hablarle a las plantas, a pedirles permiso, a contarles tus males?
Zandra: Mi mamá. Ella fue una señora partera y ella con su medicina tradicional, con sus aceites, con esa energía que tenía para acomodar al bebé, para que la señora pueda descansar. Yo era la que la acompañaba a ella muchas veces, porque a veces los partos eran de noche y me decía: «Levántese, búsqueme los aceites», y yo con un sueño.
La miraba que antes de salir, se encomendaba a Dios, iba a sacar una planta, ahí yo miré que ella decía: «Yo te tengo que sacar una parte, quiero que me des permiso, esta mujer está así con dolencia, quiero que me des una parte de ti, yo quiero llevar esta medicina, porque yo sé que con esta parte que voy a tomar de ti, la señora va a descansar». Ella pedía: «yo quiero que me des de tu energía». Yo la escuchaba, ella pedía que le dé. Cuando ella ya llegaba allá y empezaba a trabajar con las señoras. Ahí volvía a agradecer. Una de chica no toma en cuenta, pero yo era muy observadora, y ella volvía a agradecer. Y yo empecé a sentir que es necesario, y miraba que mi mamá lo hacía y me decía: «a las plantas se tiene que pedir permiso, porque ellas sienten».
Ara: ¿En qué lengua ella pedía permiso?
Zandra: Muchas veces, lo hacía en trinitario, y muchas veces yo le preguntaba:
—»Mamita, ¿qué le dijo?».
—No, estoy pidiendo permiso.
Y ahí yo le decía, —pero ¿por qué no lo dice en español?
Y ya ella lo decía en español. Entonces yo ya sabía que ella me decía la verdad, que era lo que decía en su idioma, y luego lo decía en español.
Ara: ¿Por qué crees que no te ha enseñado a hablar moxeño trinitario?
Zandra: Era una mujer muy trabajadora mi mamá. Es una historia muy larga de ella, yo la veo ahora, que va a cumplir ochenta años, y ha sido una mujer muy valiente. No es que no nos haya querido enseñar. Ha sido una mujer sola, que ha criado a doce hijos, solita ella. Su prioridad era darnos alimento, darnos vestimenta, entonces no teníamos este espacio de decir: «a ver hija, vamos a conversar, le voy a enseñar».
Eso ha sido, el factor tiempo, porque primero estaba llenarnos la barriguita de comida, calzarnos los pies, ponernos vestimenta, era no más trabajar, trabajar para las hijas. Ella ha sido —estando mi papá con ella— la que ha llevado la batuta siempre de la familia. Hasta que se han tenido que divorciar, con mucha más razón, ha tenido que luchar el triple, para poder mantener a los hijos.
Ara: Tú has hablado, Zandra, que a la selva hay que dejarla descansar…
Zandra: Sí.
Ara: A la vez, una mujer luchadora como tú, líder como tú, estás todo el tiempo involucrada en cuestiones que implican tratar de hacer un mundo en el que tú confías, que es un mundo alegre, saludable, generoso, con gratitud, con respeto, pero eso implica hacer mucho trabajo. Tú, ¿cómo descansas?, ¿cuándo descansas?
Zandra: Yo descanso cuando estoy creando mis artesanías —es curioso— pero es ahí en la forma en que descanso. No me desconecto totalmente. El crear, el hacer un nuevo diseño, el combinar, el decir: «esto está bien, esto está mal aquí». Ahí es donde yo descanso, y es donde estoy conmigo misma. A veces río, un poquito, hablo sola con mis semillas, con mis cocos, con mi mate, y digo: «si aquí tenía mis enchoques, ¿dónde se me han metido?, a ver, ¿dónde están mis enchoques? Venga por aquí». Conversando, buscando, es ahí que yo creo que descanso, creando.
Ara: Qué lindo eso que dices, que en la creatividad hay descanso.
Zandra: Sí, hay descanso, en serio. Yo creo que cuando estás conectada, hasta las semillas se dan cuenta.
Ara: Para terminar, lo que quieras decir…
Zandra: A ver, bueno. Solamente quiero mandar un saludo a todas mis hermanas bolivianas. A la mujer boliviana, somos mujeres de lucha, somos mujeres incansables, que denunciamos, somos mujeres que hacemos historias, que damos vida, que acompañamos, tengo una admiración y un respeto por todas las mujeres de Bolivia, porque muchas hay como yo, pero también hay muchas mujeres que son sumisas, que son hogareñas, que son más calmadas, que son más tranquilas, pero son mujeres.
Yo creo que, desde su interior, desde ella misma, tiene su propia lucha, su propio mundo, pero es una mujer. Respeto mucho a la mujer boliviana, a la mujer de todo el mundo. Respeto y, digo yo que somos, lo repito, somos como la semilla, somos la dadora de vida, las dadoras de energía, somos la que ponemos a este mundo todo lo bonito. Todo lo bonito que hay en el mundo, lo ponemos junto, como pone la naturaleza, como pone la semilla.
Así que orgullosa de haber nacido mujer. Si hay una segunda vida, una vida más allá, quiero seguir siendo mujer. Orgullosa de ser mujer. Orgullosa de tener a mi madre, una mujer de lucha. Tenemos que seguir luchando, porque tenemos una juventud que tienen que ver que nosotras, como mujeres, hemos dejado este espacio para que ellas puedan seguir trabajando y que no se rinda la juventud.
Ahora estamos como la generación de cristal, tal vez no es así, tal vez es que nosotras como la generación de hierro estamos un poco descuidadas, tenemos que ser más libres, más querendonas, tenemos que querer mucho. Tenemos jóvenes que están defendiendo la Amazonía, pero también tenemos jóvenes que dicen no importarles. Tenemos que buscar a la juventud para que se interese en proteger a nuestra Madre Tierra.
Ara: ¿Cuál es la mejor forma, la forma más justa, más adecuada, para que alguien se interese por el cariño a la selva?
Zandra: No hay una mejor forma, es simplemente actuar. A veces quería decir que a la juventud le falta; no, a la juventud le sobra, y nosotros tenemos que, ¿cómo te puedo decir? Hacer que, sin presión, sin hostigar, sin imponer, sin poner comparaciones, esta juventud se tiene que interesar en cuidar la madre selva, la tierra. Pero… ¿cómo te puedo explicar esto? La juventud de ahora está más soberbia, no está canalizando su energía. Nuestros jóvenes tienen energía para todo, pero no está canalizada hacia lo que realmente nos interesa.
Ara: ¿Cómo se canalizaría esa energía? Es una pregunta que tal vez no hemos aprendido, y es válido que todas nosotras podamos decir: «no sé». Pero es una pregunta que yo también tengo, ¿cómo se cultiva el cariño?
Zandra: Eso. A ver, ¿cómo te puedo decir? Si ahora, nosotros, como mujeres adultas que somos, hemos sentido esta conexión tan grande, tal vez nosotros no hemos logrado que nuestra juventud haga también esta conexión, no hemos logrado esta conexión tan directa con la selva.
Ara: ¿La convivencia?
Zandra: La convivencia, sí.
Ara: Aprender… que alguien les enseñe a agradecer al sacar la medicina.
Zandra: Exactamente. Mirá, yo recuerdo una historia de mi mamá. Teníamos un árbol de lúcumo y nosotros le teníamos miedo, porque nos habían metido la historia de que el lúcumo, que era tan grande, a los chicos malos, se los llevaba. Yo le pregunté a mi mamá:
—¿Verdad que el lúcumo se los lleva a los chicos?
Y ella me respondió que sí.
Justo en esos días llegó como un sur fuerte y, al ventear, los gajos, las hojas del lúcumo, todo era como que gruñían: «groauwww aghhh«. Un susto grande me pegué. «Mamá, mamá, escúchele, está renegando», decía yo, porque al ventearlo se rozaban las hojas y tenían un sonido. «Y tan feo suena», decía yo.
Pero después, me di cuenta de que el viento las movió, pero cuando yo ya estuve más grande, era el mismo ruido, pero era como si me hablara, ya no me daba miedo; sino que era como que intentaba hablar. Entonces dije: «¡Ah! No es que él está renegando, no es que quiere comer a un chico». Yo escuché que él hablaba y no había nadie más que yo y era la planta que estaba, prácticamente, hablando. Esto le falta a nuestra juventud, conectarse, escuchar.
1 Ara Goudsmit Lambertín escucha e investiga con memorias y cuidados. Se dedica a la escritura, al trabajo editorial y a prácticas de investigación colaborativa en los montes de la Amazonía y el Chaco. Es parte de la organización feminista Jasy Renyhê, el Laboratorio de Estudios Ontológicos y Multiespecie de la Universidad Mayor de San Andrés, y la Revista En/clave Salvaje. Disfruta de indagar con las palabras, pues así nota que los verbos curar, cuidar y pensar están entrelazados por una misma, antigua raíz. Estudió Ciencia Política en la Universidad de Los Andes, Colombia, y una maestría en Estudios del Antropoceno/Geografía en la Universidad de Cambridge, Reino Unido. ⇑
2 Riberalta es una ciudad de aproximadamente 76,000 habitantes, ubicada en la confluencia de los ríos Beni y Madre de Dios, en el norte del departamento del Beni, Bolivia. Fundada en 1894, se convirtió en un centro mundial de la extracción y procesamiento de goma durante el auge cauchero de principios del siglo XX. Actualmente, el contexto económico de la ciudad y sus alrededores está basado, principalmente, en la recolección y procesamiento de castaña (nuez de Brasil), la ganadería, y la extracción maderera, todas economías de exportación. La ciudad es conocida como un importante centro de comercio amazónico, siendo también la segunda ciudad más poblada del Beni, después de Trinidad. ⇑
3 Zandra comentó, en otro momento fuera de la entrevista, que su padre apoyaba al Movimiento Nacional Revolucionario (MNR), y que por eso era perseguido en la dictadura de Hugo Banzer Suárez. ⇑
4 La madre de Zandra se llama Marta Pereira Suárez. Su padre fue Luis Loayza Ballivián. ⇑
5 Allí, al dinero se le dice «ficha». ⇑
6 Para conocer más la historia y la lucha de Consuelo Castedo, les invitamos a leer el libro producido por la Coordinadora de la Mujer: «Consuelo Castedo, una mujer de la Amazonía» (2007). Disponible aquí: https://www.coordinadoradelamujer.org.bo/web/index.php/archivos/publicacion/consuelo_castedo.pdf ⇑
- Todos
- Coordenadas
- Dossier
- Otros Lenguajes
- Resonancias
Guillerme Marinho, João Castelo Branco y Rafael Urban | 2011
Isapi Rua y Lucía Herbas | Ilustración: Lorena Castellón | Septiembre 2025
Quya Reyna | Septiembre 2025
Con el apoyo de:
